Doña Rita Gaytán Núñez, 36 años después de haber perdido a su hijo Henry en la “guerra sucia” y de haber emprendido una búsqueda sin tregua, ahora enfrenta otra lucha, una que no es contra el Estado, sino contra el tiempo, la enfermedad y el deterioro: ahora su lucha es por la vida.
Desde hace por lo menos dos meses, la mujer de 85 años está postrada debido a una enfermedad crónica que aún los médicos no son capaces de diagnósticar.
A finales de agosto, relata su hijo Rafael López Gaytán, la señora cayó en cama repentinamente y tuvo que ser internada en el hospital.
Durante varios días, su salud se fue degenerando, le diganosticaron Alzheimer, y perdió el sentido de la realidad.
Empezó con un problema agudo en el estómago, de ahí para adelante ya cayó en cama; el 9 de noviembre tendrá nuevos estudios, pero así como está no la podemos llevar al hospital”, cuenta López Gaytán, el único varón que le queda a Rita.
Una luchadora incansable
La lucha de Rita Gaytán comenzó aquella mañana del 15 de julio de 1976. Hace tres meses, se cumplieron 36 años sin tener noticias de Henry, el muchacho que soñó con cambiar el mundo tomando las armas, en la Liga Comunista 23 de Septiembre.
Rita ya no habla de aquella historia que no morirá con ella, que no termina de escribirse; la enfermedad le impide platicar toda una vida con la esperanza en vilo, de idas a la Ciudad de México, de marchas, de reclamos de justicia, al Estado mexicano, a los presidentes, a los gobernadores que han ido y vuelto por “lo que se robaron”.
Todavía el 10 de mayo pasado, tuvo fuerzas para caminar, reunirse con otras compañeras de la misma lucha, mujeres de la Unión de Madres con Hijos Desaparecidos en Sinaloa, para recordar a los que ya no están, a los que un día el Ejército o la Policía se los llevó, y los enterró en la neblina del pasado.
Rafael se hace el fuerte para contar todas estas cosas. Está sentado a un lado de su madre, que apenas murmura palabras inintelegibles, con una respiración agitada, en una cama reducida por su pequeño cuerpo, que ya es frágil, pero que siente.
No lo dice, pero siente la plática, lo que va relatando su hijo Rafael, ese que los judiciales decidieron dejárselo después de llevarse a Henry.
“Qué dices, mamá, no te entiendo”, le pregunta Rafael, pero ella sólo pasea esa mirada llena de intemperie, transparente a la luz del foco amarillo que ilumina el ámbito.
Rita lleva un blusón color amarillo hasta las rodillas. En su brazo izquierdo una vende le cubre una herida de diez centímetros.
“Tiene la piel muy delgada, esa herida se la hizo cuando intentamos trasladarla al hospital”, refiere el hijo.
En los pies también tiene puestas vendas blancas. Por sí sola, Rita no puede moverse.
“Hace unos meses ella sola se hacía de comer, ahora le tenemos que dar todo, sus medicinas, las papillas, agua”, comenta Rafael.
A un lado de la cama, un buró ilustra esa indigencia que es la enfermedad: frascos y cajas de medicamentos, pañales para adultos mayores.
“Me duele mucho verla así”, dice Rafael: “ella que tanto ha luchado por mi hermano y por los hijos de las otras mujeres, pero me siento orgulloso porque gracias a esos muchachos que ya no están, que soñaban inocentemente con cambiarlo todo, es que hoy hay democracia, libertad. Y mi madre es parte de eso también”.
“Nunca, nunca, nunca mi madre se cansó de buscar a mi hermano, y estoy seguro que aun estando así no deja de pensar en él”, reflexiona.
Historia inconclusa
La de Rita es apenas una de las 42 historias que no se terminan de escribir en Sinaloa, en esos años de finales de los 70 en que el gobierno priista emprendió la “guerra sucia” contra todo lo que tuviera tufo a comunista.
La de Rita, también, es una de las más de 500 historias en México de desapareciones forzadas.
Por eso su familia no quiere que se apague así, esa mujer que nunca ha dejado de pedir justicia, que nunca prefirió el silencio y la complacencia.
“Yo ya no puedo caminar, pero a ustedes les ruego que sigan luchando”, fue lo que le dijo Rita a las otras madres el 10 de mayo pasado.
Por Martín Durán