La opción del silencio en los medios

De héroes y villanos

 Una reportera del diario El Zócalo de Saltillo escribe en su cuenta de Facebook: “La autocensura no es la solución, no ha arreglado nada antes ni lo hará ahora”.

Desde que la semana pasada este periódico coahuilense fue blanco de amenazas del narco de la región, decidió dejar de publicar contenido que haga alusión a la delincuencia organizada.

“En virtud de que no existen garantías ni seguridad para el ejercicio pleno del periodismo, el Consejo Editorial de los periódicos Zócalo decidió, a partir de esta fecha, abstenerse de publicar toda información relacionada con el crimen organizado”, señaló la editorial de Zócalo, que el diario español El País catalogó como “un triunfo más del narcotráfico”.

El argumento de los directivos del Zócalo se basa en la aparición de alrededor de 50 narcomantas donde un grupo del crimen organizado intimidaba al diario. En los escritos lanzaban amenazas contra los dueños, claro, no contra los humildes trabajadores.

Sin embargo, los dueños de la cadena de periódicos asumieron que la intimidación era dirigida a todos los que laboran aquí.

Coincido plenamente con esta colega que desde las redes sociales defiende su derecho a informar y su prerrogativa para no guardar silencio, tal vez porque sea cierto: nada soluciona la autocensura. Ni ahora ni nunca.

Pero tristemente es una medida que ayuda al menos en lo sicológico a sentirse más seguro al decirle a ese enemigo sin rostro y sin forma que no se está en contra de sus designios.

En estados como Tamaulipas el reino del silencio en los medios se fincó desde hace años en que comenzó la guerrita del narco del ex presidente Felipe Calderón. ¿Y ya se acabó el temor, ya cambió el periodismo, ya son mejores los reporteros, ya dejaron de estar infiltrados? Desde luego que no.

La muerte de periodistas aterrorizó al gremio en Veracruz y muchos periódicos de Chihuahua decidieron también como política dejar de publicar los acontecimientos relacionados con el narcotráfico, más allá de la insípida información oficial.

Un ejemplo fue el famoso editorial de El Diario de Juárez, que más o menos expresó una pregunta directa a los cárteles: ¿Qué quieren de nosotros?

El Zócalo de Saltillo sufrió un importante descalabro en el 2010, con el homicidio –que sigue sin esclarecerse- del reportero de nota roja Valentín Valdés.

Por lo que sé, Valentín trataba de hacer su trabajo lo mejor posible, anotarse exclusivas sobre los grupos predominantes en Coahuila. Decir cosas sobre el narco de la región, vaya, era la constante en sus notas diarias.

Por lo que sé, los directivos del periódico nunca defendieron el derecho de Valentín como víctima para que las autoridades resuelvan su caso. Ahora que la familia propietaria del rotativo es intimidada, entonces sí le preocupa la seguridad de los trabajadores.

Desde hace mucho que en Coahuila, al igual que en Sinaloa y otros estados, que los narcos estaban metidos en las redacciones: reporteros y fotógrafos o “enlaces” fuera del gremio le hacen trabajo de prensa a los cárteles.

Muchas veces, extraña paradoja, este método sirve más para evitar que se le haga daño a un reportero que llegar a una agresión. Es decir, si se llega a tener un control sobre la información a los narcos no les interesa matar a ningún periodista. No matan periodistas: los compran o los coaccionan de alguna forma.

En Sonora, por lo que sé, la desaparición de Alfredo Jiménez Mota, reportero policiaco de El Imparcial, no cambió nada, salvo la imperante autocensura que generó, y con esta autocensura la que salió perdiendo fue la sociedad.

En Sinaloa, por el contrario, lo que veo es que cada vez más los medios se abren más, ya se ha dejado la época de miedo que comenzó en el 2008 con la ruptura del cártel consentido, y se empieza a decir más sobre el tema en los diarios, aunque el narco sea un tema que por lo regular los periodistas prefieren hacer a un lado, salvo por el semanario Ríodoce y uno que otro reportero que busca desde su trinchera publicar sobre el tema.

Sin embargo, en Sinaloa también se ha respetado los límites entre la información que puede ser un factor de amenaza y aquella que se sabe por su naturaleza pública no llegará a generar consecuencias.

Entonces es cuando uno piensa en que la autocensura no ayuda más que en lo inmediato y para fines mediáticos, para que se vea que se está arrodillado ante los designios del poderoso narco, ese Estado paralelo que nunca ha reconocido el gobierno.

De miedos en el periodismo

En realidad, en Sinaloa, uno debería a veces preocuparse más por las policías que por los delincuentes. Siempre he sostenido que los mafiosos no tienen nada que perder al ser exhibidos: ya viven en la ilegalidad y hasta les gusta que su mito sea alimentado por la opinión pública. En cambio, un servidor público corrupto tiene más que perder al ser exhibido. Esperemos que sea una lógica que nunca llegue a aplicarse.

La cosecha de cuentas públicas

La época de filtraciones de las cuentas públicas del Gobierno del Estado y de los 18 ayuntamientos es el mejor periodo de bonanzas para el periodismo, que extasiados en las auditorías, en las miles de páginas de “presuntas” irregularidades en los manejos de los dineros públicos, se vierten decenas de páginas para tratar de exhibir de la mejor manera a los hombres corruptos que ostentan el poder.

Es cierto: muchas de esas anomalías se empatan con la realidad y hasta se quedan cortas, pues nunca se audita el cien por ciento de las administraciones.

Sin embargo, no se queda en el flamazo. Las noticias que de verdad esperamos es que si la podredumbre brota en una auditoría, se castigue al responsable de violar leyes y disposiciones para gastar el recurso público.

Pero no pasa nada. Al contrario, se ve a leguas que se siguen usando las filtraciones de estas auditorías como instrumentos políticos de presión: entre más sucia este una administración, más es el costo para que los señores diputados la aprueben. Por el caso contrario, si alguien sale reprobado en la cuenta pública, entonces quiere decir que no hubo amarres.

Nada más hay que recordar el caso del ex alcalde mazatleco del PRI, Jorge Abel López Sánchez, cuya cabeza fue entregada en bandeja de plata a Alejandro Higuera Osuna, su sucesor en el Ayuntamiento, al ser rechazada su cuenta pública… Y “Ratabel” sigue grillando.

Martín Durán/La Pared

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