La lucha de Sandra seguirá viva

I

A Alma Rosa le arrebataron a su amiga, a su cómplice, su compañera de lucha. Eran tres las inseparables, las que siempre caminaban juntas, iban de un lado a otro, pasaban de las frías oficinas de los ministerios públicos a la calle vacía, desolada, que les estrellaba en la cara la indiferencia de una ciudad que de un día para otro se tragó a sus hijos, a sus hermanos.

Eran tres, entre ellas se fortalecían, se daban ánimos para no dejar la búsqueda. Si Eva Luz flaqueaba ahí estaba Sandra Luz levantándola; si Alma Rosa desfallecía ahí estaba Eva Luz apoyándola, hermanas de una misma lucha en la oscuridad.

“Un día salimos de la Procuraduría las tres y al ir caminando por la calle se le ocurrió decir a Sandra, “aquí nos van a matar a las tres juntitas”, pero lo decíamos entre nosotras, en broma, como para darnos ánimo, pero mire hoy a ella la estamos velando”, cuenta Alma Rosa, que lleva cinco años buscando a su hermano desaparecido.

Pero esa broma entre amigas, lo sabían en el fondo, era algo tangible, algo que podía ocurrir a las tres, a dos, o a una. La vida de Sandra fue arrancada de tajo, ahí bajo los rayos del sol de mayo, por una calle transitada, en un barrio en cuyos recovecos fluye el vicio, la droga, pero también la alegría, la vida culichi.

II

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Sandra era muy seria, recuerda Alma Rosa. Pocas veces la vio sonreír. Ella decía a veces que “estaba muerta en vida”, desde que el 12 de febrero de 2012 su hijo Édgar Guadalupe García Herández fue privado de la libertad por hombres armados en la colonia Progreso, al sur de la ciudad.

Un día de lluvia de agosto, antes de toda desgracia, Sandra salió a la calle, afuera de su casa, a remojarse junto con uno de sus nietos. Le hablo a Alma de la foto donde su amiga aparece con una sonrisa, los brazos extendidos recibiendo la lluvia, mirando al pequeño bañarse tan plácido.

“Siempre estaba muy seria ella, pero tenía una fortaleza y un corazón tan fuerte, más fuerte que cualquiera que nunca se rindió, y por eso nosotras no vamos a rendirnos”, narra Alma Rosa, con sus hijas a un lado, que a cada rato la reprenden porque tienen años diciéndole que ya deje el caso, que su hermano ya no aparecerá.

“Ya sé que mis hijas me dicen todo eso, pero cómo, cómo voy a dejar de buscar a mi hermano, yo no podría renunciar a eso, y menos ahora con lo que le pasó a Sandra”.

Alma Rosa está inconsolable. Por un momento va a tocar el féretro donde los restos de Sandra Luz descansan. Le llora, se despide de ella, la recuerda como era viva

III

Poco antes del mediodía del lunes 12 de mayo, Sandra Luz y Eva se vieron en la Procuraduría, de donde le hablaron a la tercera, a Alma. De pronto, les dijeron que ese día las atendería el ministerio público y los agentes especiales para revisar, por enésima vez su caso.

“A mí se me hizo raro porque no estábamos citados todo el grupo, y le dije que no podía ir porque no había hecho planes, pero ella se empeñó en que iba a entrar a hablar con ellos”, recuerda doña Alma.

Y se le hizo raro por el simple hecho que a veces cuando caían de improviso con la gente de la Procuraduría no los atendían, la mayoría de las veces las recibían de mala gana. Esta vez a Sandra y Eva les dieron las facilidades para una cita rápida.

Estuvieron un par de horas ahí, hasta que después de las 14:00 horas salieron, y se marcharon al plantón de pepenadores, en donde Óscar Loza Ochoa oficiaba, y en donde se encontraron con él para contarle las novedades de la reunión.

Loza Ochoa recuerda que estuvieron varios minutos contando los detalles, y de ahí se despidieron. “Nunca me dijeron de una llamada o que irían con alguien, ni menos que se habían citado con alguien en la Benito Juárez”, comenta Loza.

En realidad, Sandra se había encontrado con alguien el domingo pasado en un centro comercial, y esa persona le habló de una pista en un domicilio de la Juárez.

Eva y Sandra se despidieron del plantón del Ayuntamiento. En su bolsa, ella cargaba la foto de Édgar, ahí la guardaba siempre, como una extensión más de su cuerpo, como algo que le latía y la hacía abandonar su casa todos los días para pensar en él, en el camino que lo llevara hacia su hijo.

Tomaron un camión que las llevaría al Juárez, antes la Mazatlán, y en un punto del sector se bajaron del bus. Caminaron remontando la calle Constitución, en ese tramo que baja y sube, o sube y baja.

Pero desde que bajaron del camión, una camioneta les hizo “sombra”, de manera sigilosa. El sol todavía estaba alto a esa hora. Eva se quedó un poco más atrás, mientras Sandra caminaba más de prisa, tratando de hallar un asidero, una esperanza. Como otras veces, le hizo caso a una pista más sobre el paradero de su hijo.

Entonces, un hombre descendió de la camioneta. Sandra lo vio. El sicario disparó, pero ello alcanzó a esquivar la primera andanada. Pero llegó a media calle, y ahí cayó. Atrás, muy atrás, Eva se quedó de rodillas.

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IV

En la bolsa de Sandra, la foto de Édgar dejó de latir. Quedó juntito a ella, muy cerca de su cabeza. Dos años y tres meses exactos. Ella nunca pidió castigo para los hombres que se llevaron a su hijo. Sólo les suplicó a través de los medios, que se lo devolvieran, como estuviera, vivo o muerto, aunque sabía que lo que encontraría al final sería un cadáver.

V

La Procuraduría nunca avanzó en su caso. Era letra muerta el expediente. Ella aportó mucha información que nunca fue verificada por los investigadores. Identificó a personas, habló con gente que nunca habría querido conocer, se metió en la turbulenta lucha contra la maldad pura.

Se metió a vender cosméticos con la esperanza de que andando en la calle, al tocar una puerta para ofrecer Avón, alguien le dijera dónde estaba su hijo. Se convirtió, como solía decirlo, en una piedrita en el zapato de las instituciones. Y no sólo pedía por ella, sino por sus compañeras. Que aparezcan, aparezcan, aparezcan.

En Palacio de Gobierno acudía cada que podía a realizar plantón, con sus mantas con fotografías, con la mirada inhiesta. No se dejaba arredrar. No había nada que la detuviera… sólo el asesinato premeditado.

En el féretro de esta tarde, Sandra Luz parecía descansar detrás del cristal. Su epitafio de sangre será el golpe necesario a la inutilidad de las instituciones.

Martín Durán

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