La irrealidad del voto o la resaca de la Ley Seca

“¿Votar? Para qué, si nunca se le uno de los problemas con estos políticos”, escucho a la mujer que parece iluminada de razón sentada en uno de los asientos del camión urbano.

Por las calles del centro de la ciudad, todavía se desliza una ardiente agonía solitaria entre los restos de la pasada campaña, en los todavía anuncios espectaculares desvaídos por las breves lluvias de julio. Poco tránsito en el horizonte de la urbe.

Acudir a una casilla a votar a estas horas de la mañana, más que encontrar a los funcionarios ciudadanos trabajando, se vuelve un reto al no saber porqué candidato decidirse.

El payaso, el padrote, el lugarteniente, el reciclado, el ignorante, el tonto infame, el enfermo de poder, la loca de clóset, el beodo congresista, el saltimbanqui de la carpa del circo presupuestario, el obseso travesti de las noches de la corrupción. Una linda caterva  de ladrones deslustrados.

Salir a la calle nos enfrenta al reto de la inmovilidad, al ciclo de político de la basura electoral, a los discursos de alivio, pomada para las heridas de la memoria.

“Use Vitacilina si le duele el bolsillo gastado y roto por donde se dilapida la vida; guarde su rencor para la vejez”.

Ya por aquí, por allá, la cantaleta de la coacción y el proselitismo ilegal, la mapachería ilustrada con bolsas de billetes para regalar.

Aquí se presentó un hombre armado y amenazó a los funcionarios de casilla. Allá no abrieron porque amanecieron crudos los presidentes o porque el marido no dejó a su esposa salir temprano sin preparar el desayuno para los hijos.

Acá los comandos sonrientes besando a los usureros de la desgracia.

Y la prensa tan míope, tan objetiva en su subjetividad de cubrir el voto del político, ese cántaro de males a los que sin embargo nunca se les niega el micrófono para decir tantas boberías.

Mientras allá el ciudadano desfallece, o en el aturdimiento del tedio o en la resaca de la Ley Seca que implantó su fuero en los expendios y en los aguajes .

La locura corre en medio de la calle cercenada por la soledad de los votantes. Policías encapuchados que violan con la esperanza con su falo-fusil que no embaraza urnas, pero a nadie le importa.

Salgo a votar, a encontrarme con la irrealidad del voto, y me enfrento con esa terrible X que me dice que mañana, el burócrata que gobierne, estará feliz con los suyos, ladrones de la alegría y del presupuesto.

Por Martín Durán

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