Parte II
Vengo de Tierra Caliente y me voy para la frontera, a Tijuana, allá lejos de todo esto. A mi padre me lo secuestraron hace meses, y todo porque llegué en una buena camioneta que había comprado en el Otro Lado, y estos cabrones pensaron que yo tenía mucho dinero. Por eso me pidieron un millón de pesos, para que dejaran en libertad a mi papá.
–¿De dónde voy a sacar un millón de pesos? Están pendejos -les dije, pero no me creyeron.
Y sí, de dónde iba a sacar semejante cantidad. ¡Un millón! Si yo siempre he trabajado de peón en la construcción, pero en el Otro lado, usted sabe, uno puede darse esos lujos, y más si hallas camionetas baratas.
Les tuve que dar la camioneta a esa gente y otro dinero que conseguimos en la familia para que me soltaron a mi papá.
Pero no se quedaron agusto, y a mí me la sentenciaron. Me dijeron que si me veían me iban a levantar. Ya no podía salir de la casa. Me escondía en el propio pueblo, siempre con miedo de que vinieran por mí, se metieran a donde estaba y me llevaran.
Así como a otra gente, que ya nunca regresó. No se puede vivir ya aquí. Ellos ya no dejan trabajar a la gente de bien. Por eso me voy para no regresar.
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El hombre era bajo de estatura y tenía un bigotillo recortado. Llevaba un cinto desgastado de sus correas y unas botas muy usadas. Usaba una gorra negra que se hundía a mitad de la frente, y no fue fácil entablar con él una conversación al principio. Lo encontré en el central de Morelia, esperando que saliera el autobús. Si no fuera porque la unidad se descompuso antes de salir de Michoacán, tal vez nunca hubiéramos cruzado palabra. En el cambio de autobús en Guadalajara conversamos del clima, las horas de viaje y el pésimo servicio de la línea de autotransportes Estrella Blanca, en la cual hacíamos el recorrido, yo a Culiacán; él a la frontera.
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Central de Guadalajara
–Imagínese, voy hasta Tijuana. Llegará hasta dentro de dos días esta cosa.
–Se hubiera ido en avión, amigo, ya estuviera allá.
–Nombre, si apenas junté para irme en el autobús. ¿Y porqué no se fue usted?
–Porque también me salía más caro, y no hay lana.
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Por eso mejor dejé mi comunidad. Ellos mandan en todo. Si vas a cortar limón, si vas a empacar, si vas a trasladar. Por todo cobran cuotas. No puedes poner un negocio porque ellos tienen que dar el permiso. Y si les parece que las cosas que tienes valen mucho te lo arrebatan.
En mi pueblo ya no se puede vivir, y si me regreso me matan. Por eso mejor me voy a la frontera, y en cuanto pueda mando traer a mis padres.
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El casquillo está en mi mano, recalentado por el sol de enero, con algo de polvo. No sé de dónde salió percutido. Qué arma de fuego lo escupió. Si el proyectil mató a alguien, a un templario, a un comunitario o a un inocente, o simplemente se perdió en el aire, dio en un árbol, en un vehículo o en una piedra.
Lo único que sé es que lo recogí en una barricada a la entrada de Buenavista Tomatlán, por la carretera que viene de Apatzingán. Estaba ahí un poco hundido sobre la tierra suelta, como huella o testigo del choque entre los hombres, ya se llamen templarios, ya se autonombren comunitarios. Depende quien lo diga, el discurso llama a estos últimos héroes o canallas.
Por lo que luchan o guerrean ellos es por lo que ellos creen. No es mi lucha ni vine a ayudarles. Solo observo y escucho. Hay una fascinación en eso. Valentía, cobardía, justicia o venganza, no soy quien para atribuirle a cada bando una de estas palabras.
A la entrada de cada pueblo -entrada o salida, según cómo viajes por estos lares- se levantan barricadas construidas con costales de arena. Son las trincheras de esta guerra que no se sabe quién ganará: gobierno, pueblo en armas, delincuentes. De las pocas cosas que se saben es que hay muertos, heridos, triunfos y fracasos.
Como en toda lucha armada hay un bando que ha tomado la palabra, y es el que asegura que aplica justicia. Hoy los ojos del mundo están en ellos. Describen al enemigo, lo dibujan, lo enumeran sádicamente con esos apodos estrafalarios. Tienen esa ventaja, dicen. Saben quiénes son. Hay símbolos que toda causa requiere: esperanza, paz y justicia, aunque de vez en cuando se muestran tal y como son, y dejan entrever eso que algunos llaman venganza.
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Me gustaría tener enfrente al que mató a mi hermano para ver si ahora sí es muy hombre. Lo mataron hace más de un año allá por el rumbo de Uruapan. Apenas tenía catorce años. Yo conozco al que mandó levantarlo, y cuando tomemos Uruapan lo voy a buscar y me lo voy a enfrentar. No son tan valientes cuando uno trae un arma. Son valientes en bola, cuando disparan de cerquita, pero en batalla son cobardes. Corren, se esconden y cuando los agarramos hasta lloran, suplican que uno no los mate. Son muy hombres agarrando a inocentes, a gente que no se defiende, pero ahora que tenemos con qué defendernos nos huyen. No saben disparar, son puros chamacos drogados a los que les dan armas para matar.
A limpio tiro ni saben dar en el blanco, por eso hemos ido tomándoles las tenencias, los municipios.
Pero va a ver ahora que tenga al que asesinó a mi hermanito. Sé donde vive y en este año también aprendí a usar un rifle, mi R-15. Ni siquiera va poder alegar que se equivocó.
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Nueva Italia reverbera bajo los rayos del sol. El joven soldado apenas tiene los 30 años, y habla pausado y despacio. Estamos sentados en una birrería, frente a la glorieta de Emiliano Zapata. Aquí son puros adolescentes los que están apostados en los retenes. Están aquí sobre el pavimento actuando como policías, pidiendo identificaciones, revisando vehículos. Prefieren hacer esto a ir a la escuela. Ninguno tiene más de 20 años, si acaso entre 13 y 17 años. Del otro lado están estacionadas las patrullas de la Policía Federal, y descenas de agentes encapuchados solo observan el tránsito vehicular. No hace falta decir que están más de adorno -disuación, táctica fácil del gobierno federal- que activamente haciendo labores persecutorias.
El joven soldado cuenta la historia de su hermano asesinado. La mayoría tiene una historia de horror que contar, casi todos -así lo dicen- fueron afectados por los delincuentes.
Por eso le fue fácil tomar la decisión de unirse a la autodefensa, aunque la definición más exacta que ofrece una enciclopedia es la de paramilitar, pero aquí es políticamente incorrecto nombrarles así. Paramilitar tiene una connotación negativa, y aquí se trata de hacerle justicia al pueblo.
Se vino huyendo de Uruapan, en donde vivía con sus padres, para coger un rifle y comenzar la guerra en contra de los malos.
“Ya me muero por entrar a Uruapan”, repite.
Su nombre no lo da ni mucho menos una fotografía. Dice que los templarios no deben enterarse quién es él, y donde se encuentra su familia, porque entonces le harán daño.
“Como no pueden llegar a mí mi familia corre riesgos”, señala.
–¿Y cómo le haces para visitarla?
“No, nada de eso, desde que me alzé no la he ido a visitar. Allá que crean que me fui para otro lado. De vez en cuando llamo por teléfono, pero solo para saludar, porque también pueden rastrear la llamada.
–¿Desde cuánto te uniste al grupo?
“Yo tengo desde que comenzó esto, desde febrero del año pasado”.
–¿Y hasta cuándo volverás a ver a tu familia?
“Hasta que limpiemos Uruapan, hasta que esté segura que no le harán daño. Y va a ver que eso va a ser muy pronto”.
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Observo las noticias días después de esta conversación. Con la toma de Peribán y Los Reyes, Uruapan está prácticamente rodeada. Algo me dijo el joven soldado que resultó, por lo menos ahora, cierto.
Por Martín Durán