México, DF.- A Rubén Aparicio Cruz lo conocí en una calle del centro del DF. Llevaba una mochila negra a la espalda donde traía todo lo que poseía en la vida, y en los ojos arrastraba un hambre que le obligó a detenerme un momento para pedirme una moneda.
-Hace dos semanas que me deportaron de Indianápolis, y no he podido conseguir trabajo, por eso ando pidiendo en la calle -me soltó, pero no le creí, acostumbrado a la desconfianza que dan las calles de la capital.
Pensé en mi tío Guadalupe Romero, preso al término de la semana santa en una cárcel de California. En febrero pasado lo habían deportado junto con su hijo Julio Romero desde Las Vegas, luego de una riña con unos hombres de color.
Los agentes del orden que detuvieron a los dos, descubrieron que sus visas habían caducado años atrás, y que ahora hacían residencia de forma ilegal en los Estados Unidos.
Los deportaron por Mexicali a fines de febrero, pero al terminarse la semana santa mi tío quiso regresar con su mujer, pero fue detenido atravesando la garita de Caléxico.
Tal vez fue eso lo que me llevó a preguntarle a Rubén Aparicio sobre su destino como deportado. Lo que hace un hombre, decía Borges, es como si lo hicieran todos los hombres.
El destino de Rubén Aparicio podría ser el mismo de mi pariente, o si se quiere, de cada uno de los deportados a México, ahora que los gringos han endurecido su política antiimigrante.
-Sabe una cosa -le dije mientras le estiraba una moneda de un peso, queriéndome convencer que era cierta su historia-, tengo un tío que fue deportado y que ahora está en la cárcel por reincidente.
-Ah, pues se va echar tres meses en la cárcel como castigo, pero no se preocupe, ahí luego lo avientan para México.
Recogió la moneda y se la guardó en la bolsa del pantalón. Al verlo dispuesto a la conversación le pregunté por dónde lo deportaron. Luego de dónde era, y también le pregunté por qué sufrir en las calles del DF y no regresarse a su pueblo. Y por último, cómo fue que lo detuvieron.
A todo respondió Aparicio con naturalidad. En realidad hasta ese momento no sabía cómo se llamaba, pero quise saber más. Entramos al Oxxo de enfrente y pedí dos refrescos y dos sandwiches.
Entonces pareció hacer su primera confesión personal:
-La verdad no quiero volver a mi pueblo, como me fui a buscar la vida al otro lado, pues la mujer se fue con otro. Usted me entiende.
No, no lo entendía, pero quise saber la historia. Tenía una voz mansa y los ojos chiquitos como de ratón. Iba limpio de sus ropas, una playera perforada de algunos lados. Casi parecía pedir permiso para hablar.
Su historia, como tantas anónimas en el vasto universo de la pobreza y la perseverancia, puede ser falsa, contada una tarde de primavera en una banca de la avenida Independencia, justo a espaldas de Relaciones Exteriores, para entretener a un transeúnte desprevenido.
Pero es necesario contarla, por el simple hecho de que puede ser la historia de cualquier deportado mexicano.
Hubo una vez un paraíso
Cuenta Aparicio que nació en Papantla, Veracruz, “de donde son los voladores de Papantla”. Pero él nunca aprendió a volar, y con tan malas calificaciones apenas terminó la secundaria, en una de esas que son técnicas agropecuarias.
A los 21 años, heredero de dos hectáreas junto al río, se casó con la madre de sus tres hijos, y desde entonces se dedicaba a labrar la tierra, a trabajos de carpintería, herrería y pintura. Llevó, en pocas palabras, una vida muy rulfiana en aquel pueblo del norte de Veracruz.
Pero como en los cuentos de Rulfo, vino la lluvia e hizo que el río engordara la corriente, arrasando cultivos y llenando de graba varias hectáreas.
-Tuve que vender las tierras luego luego, ya engrabadas sale muy caro limpiarlas -relata el hombre, engullendo el sandwich lentamente.
-¿Y a cuánto las vendió?
-Pues muy baratas, fíjese, eran 20 mil metros cuadrados, cada hectárea tiene 10 mil, pues las vendí a 20 mil pesos, con eso se me acabó todo.
Pero no todo estaba acabado, porque fue cuando se animó a engancharse con un coyote de su pueblo para marchar al otro lado.
Recuerda que esto ocurrió a mediados de 2009. Una mañana fue con el alcalde de Papantla y le llevó un papel para que firmara como respaldo de que le hacía entrega de 10 mil pesos al coyote. Los otros 15 mil pesos serían entregados una vez que trabajara en Estados Unidos, según el acuerdo.
Muy temprano se despidió de su mujer, sus dos hijas y su único varón, así como de su madre y hermanas, y emprendió el viaje al otro lado.
Siempre que escucho historias de mojados, imagino un viaje épico a la nada, a través de tortuosos caminos desérticos. Tuve un amigo en mi pueblo, Costa Rica, Sinaloa, que intentó cruzar la frontera cinco veces. Las cinco veces lo regresó la Patrulla Fronteriza.
La primera vez, su batalla fue por el desierto de la noche. Le decíamos Kyo en el barrio y tenía un hermano en Los Ángeles, a donde quería llegar pasando por Arizona. Pero no llegó, y por el contrario casi moría al perderse en el desierto, cuando no resistió los tres días de camino.
La de Aparicio fue casi la misma historia, sólo que él sí logró pasar, caminando durante cuatro días con sus noches a través de la frontera por el lado de Piedras Negras, Coahuila.
-De los 20 pollos que íbamos, nada más tres llegamos, los demás se arrendaron porque no aguantaron el camino. También el coyote ya no quería seguir al cuarto día que nos dio la luz, pero le dije que si quería yo solo continuaba.
Pues no, el coyote y los tres indocumentados siguieron tras la obstitación de Aparicio hasta que arribaron a un pueblo texano, donde se gastaron los últimos 600 dólares que traían en un viaje en camioneta a Atlanta, Georgia, en el corazón de los Estados Unidos.
A partir de ahí, cuenta, todo fue trabajo. Trabajar para enviarle billetes verdes a la familia allá muy lejos, donde sus ancestros inventaron en “juego del volador”, ese que nunca aprendió a usar.
De lavaplatos a repartidor de alimentos
El día que llegó hasta Atlanta junto con uno de los que cruzaron la frontera con él, fue enganchado por un chino para emplearse de lavaplatos en un restaurante de comida oriental.
Lo treparon a una camioneta y lo llevaron hasta Indianápolis. Ahí ganaría mil 500 dólares al mes, no mucho, pero lo suficiente para enviar a la familia en Veracruz.
El relato de Aparicio se convierte en la rutina y tortura de un lavaplatos mexicano en un restaurante chino.
-Las manos se me empezaron a descarapelar por el uso de químicos, era una friega estar sacando los platos; mi paisano me dijo, ‘aguante Jarocho’ que para eso venimos, pero yo la verdad apenas tenía un mes de trabajar con los chinos.
-¿Y no tenía forma de cambiar de trabajo?
-Pues mientras no consiguiera nada no, porque tenía que pagar la renta de la trailar, donde vivían otros tres paisas conmigo.
-¿Y cómo fue que lo agarraron?
-Ah, espéreme, orita le cuento.
Las virtudes de narrador no le faltan al hombre, mientras sigue devorando lentamente el sándwich. En cambio, el mío ya había desaparecido de entre mis manos.
Luego de dos meses lo jaló un cuate que conoció en los ires y venires de los paisanos. Era repartidor de ingredientes para esa comida oriental que nunca aprendió a cocinar.
La cosa cambió para Aparicio, que poco a poco le enviaba dinero a su mujer e iba saldando la cuenta con el coyote.
El segundo empleo le fue mejor, pues según él así conoció otros estados de la Unión Americana. Tenesse, Ilinois, Arkansas y Texas pasan por su memoria cuando relata el cuento de las carreteras gringas, los viajes imposibles a otro mundo, lejos del hogar.
Se podría decir que Aparicio vivía feliz.
-Yo quería con el tiempo llevarme a mi familia para allá, eso eran mis piensos.
Un paréntesis estadístico
Después de conocer su historia, fui a las estadísticas. Según un reporte del Centro Hispano Pew, los inmigrantes de origen mexicano llegaron a los 31.6 millones en el 2010, lo que equivale al 65 por ciento de la población latina en Estados Unidos.
En ese año, la Oficina del Censo informó que ya eran 48 millones 348 mil de hispanos, lo que representa el 15.7 por ciento de la población estadounidense. Y cada año la población hispana avanza.
Pero así como crece la población de origen latina en la tierra del sueño americano, también el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) mantiene un cerco permanente contra aquellos que viven de forma indocumentada en el país.
En el año fiscal 2011 (hasta octubre), el ICE deportó a 396,906 personas. Un récord histórico, según la agencia. El pretexto del gobierno es que la mayoría de los extranjeros deportados son delincuentes.
Pero a Aparicio seguramente estos números no le dicen nada, él sólo me cuenta que cuando lo detuvieron afuera de un Walmart, fue arrestado junto con 70 migrantes más, y trasladados a la cárcel del condado. Eso ocurrió en diciembre de 2011.
Un jarocho a la cárcel
Aparicio dice que él no traía “felonía”. Cuando le pregunto qué es tener “felonía”, me dice que es como tener el diablo adentro, porque eres una persona que delinque, que está fuera de la ley, y que no es capaz de respetar si quiera a su familia.
Aunque el diccionario diga que “felonía” es una deslealtad o traición, Aparicio le compone como puede sus más útiles significados.
El día en que lo arrestaron, dos años después de haber cruzado la línea, había ido al Walmart del centro de Indianápolis a comprar un pedazo de lengua de res. A los paisas de la trailar le gustaba cómo preparaba esos tacos en su jugo.
-Llevaba mi bolsa con la lengua y la verdura que había comprado cuando me agarraron. Ya tenían a otros ahí, no me había dado cuenta que era una redada. Me esposaron y me llevaron a la penitenciaría, ni siquiera me dejaron despedirme de mis paisas…
Lo tuvieron una semana en la cárcel de Indianápolis, para luego enviarlo la del condado de Cook, en la ciudad de Chicago.
Las cárceles de Estados Unidos rebosan de extranjeros y, sobre todo, de mexicanos. La Secretaría de Relaciones Exteriores reveló por medio de una solicitud de acceso a la información, que hasta el 28 de enero de 2012 había un total de 216 mil 511 internos en cárceles federales, de los cuales 40 mil 187 eran de ascendencia mexicana.
Sin embargo, la SRE explica en el documento (folio 0000500035812) que los sistemas carcelarios estatales, de condado y locales no llevan una puntual estadística sobre los presos extranjeros.
El informe más reciente sobre estos datos es de la Oficina de Responsabilidad Gubernamental del Congreso de Estados Unidos, de marzo de 2010. El reporte, denominado “Criminal Alien Statistics”, calculó que hasta 2009 la cifra de mexicanos presos ascendía a 240 mil, de los cuales 143 mil estaban en cárceles locales y de condado, 60 mil en prisiones estatales y 37 mil en prisiones federales.
La SRE anotó en la respuesta a la solicitud que en los últimos tres años han caído en prisión por delitos contra la salud 5 mil 803 varones de origen mexicano y 675 mujeres. Las ciudades de Houston, San Diego y Raleigh son donde más connacionales fueron apresados en los años 2009, 2010 y 2011.
Pero como Aparicio no tenía “felonía”, su estancia en la prisión sería temporal, hasta que el gobierno decidiera arrojarlo a la frontera con México.
En prisión conoció a varios paisanos. Me dijo que sabe que en cárceles como la de Tenesse hay muchos sinaloenses detenidos.
En Chicago se hizo amigo de un tal Pedro Cázares, de quien me contó su historia. Un día platicando con él, Pedro le confesó que había sido detenido con un cargamento de cocaína. El hombre era de Tabasco, y parecía que encabezaba el liderazgo de un grupo de poder en la penitenciaría, pues otros reos se le cuadraban y seguían sus órdenes.
A él lo escuchó cantar una vez.
-El paisa Pedro me dijo ‘¿sabe usted cantar, Jarocho?’, y yo le dije que ahí nomás, que la verdad no era experto, pero que cuando me sentía jodido me daba por cantar. ‘Pos cántese una pues’. Pedro me trataba bien y me decía “el Jarocho”, así que le pedí permiso al guardia, y sí me dijo, ‘cántale ahí en la patio’.
Se puso en un sitio donde los demás reos lo vieran y empezó a cantar “El Bilingüe”, de los Tigres del Norte, esos nómadas cronistas de la vida del migrante.
Sentado a mi lado, Aparicio no solo relata la escena, sino trata de revivirla y empieza a cantar unas estrofas con una voz triste que me deshace el corazón. Son de esas canciones que de algún modo cantamos todos los mexicanos, que desde el nacimiento traemos tatuadas en la piel, sobre todo los que somos del norte:
Me puse a estudiar inglés,
para escribirle a mi novia,
Que la conocí hace un mes,
cuando ella vino a La Noria,
A sus padres conocí,
de mi padre eran amigos
Un día se fueron de aquí
A los Estados Unidos…
No sabe hablar español
Cuando yo le hablo no me entiende
Mas los besos que yo le doy
Ella bien que los entiende…
I wish to tell you in this song how much I love you
I hope my love can make you come back pretty soon
Never forget to return here, I’ll be waiting, alone and praying
Come back, release me, give me freedom, give me love
Cuando ella vuelva otra vez,
Escuchar mis canciones
Se las cantaré en inglés,
Me aprende a las lecciones
Y si se quiere quedar le compro una casita
Y ahí le voy a enseñar espanish a mi pochita…
Recuerdo que a mi tío Guadalupe Romero le dedicábamos “La jaula de oro”, cada vez que hablaba con mi madre por teléfono. Se fue a Estados Unidos con su esposa y sus hijos en el 2001. Cuando se ponía borracho, le telefoneaba a mi madre y se ponía a llorar, nostálgico, y cantaba esa letra de Los Tigres del Norte.
Decía que era igual, que su hija Clarissa, de 9 años, ya no quería hablar español, y que se avergonzaba de su origen mexicano. Mi madre, heredera de un pragmatismo en la educación familiar, le decía: “Métele una chinga, Lupe”.
Aparicio cuenta que aprendió a masticar un poco el inglés, y que eso le sirvió para sobrevivir su estancia en el “gabacho”.
La deportación a México
La última vez que vio al tal Pedro en Chicago, recuerda que le dijo:
–Qué bueno que ya vas pa’ fuera, Jarocho, pórtese bien, no ande como yo, que aquí me voy a quedar por muchos años…
De verdad empezaba a apreciarlo. No lo dice, pero habla de él con suficiente respeto como para entenderlo.
Por fin fue llevado al aeropuerto de Chicago, al término de la semana santa pasada, tres meses y medio después de su arresto. El cónsul mexicano le leyó unos documentos con deferencia y trepó al avión de los deportados. Antes lo desnudaron y con chorros de agua a presión lo bañaron, y por último lo desinfectaron. O al menos eso le dijeron, que tenían que hacerlo.
–En el avión me tocó en medio de dos paisanos, porque los aviones traen filas de tres asientos, y pues ahí íbamos platicando. Los dos me dijeron que traían “felonía”, que estaban preocupados porque a lo mejor en la frontera de México los iban a detener.
Pues sí, uno de ellos, según cuenta Aparicio, había cometido un homicidio en su tierra y el otro había violado.
En efecto, al aterrizar en la frontera de Nuevo Laredo, ambos compañeros de asiento fueron arrestados por agentes de la Agencia Federal de Investigaciones (AFI). Hubo más arrestos en el vuelo.
-Ya los traían en la lista, es que por las huellas digitales te deben aparecer todos los antecedentes –reflexiona el hombre.
Después de dos años de estar fuera, Rubén Aparicio Cruz tocaba de nuevo suelo mexicano. En la garita de Nuevo Laredo intentaron extorsionarlo, dice, pero en realidad ya no traía nada “extorsionable”.
Recuerda que le dieron 50 dólares para sus alimentos. Con eso lo despachó el “gabacho” y con la amenaza de que si volvía, le darían cinco años de prisión. El consulado mexicano le pagó un boleto en la línea de autobuses Ómnibus de México, con destino al Distrito Federal. El trato era que por sus propios medios se regresara a su pueblo.
Los datos más recientes de repatriaciones son de 2011. Según el informe estadístico del Instituto Mexicano de Migración, el año pasado 405 mil 455 connacionales fueron repatriados. Sabrá Dios si Aparicio fue incluido en la lista del año pasado, o hasta este 2012.
Sin embargo, la cifra en los últimos dos años ha sido superior. En el 2010, el IMM reportó 439 mil 898 repatriados, y en 2009 un total de 571 mil 875.
Algo que tampoco debe saber Aparicio, es que el año pasado fueron expulsados de Estados Unidos 20 mil 419 veracruzanos, y que los estados con mayor índice de repatriaciones son Michoacán, Guerrero, Guanajuato y Oaxaca. Veracruz, su tierra, es el quinto lugar en repatriaciones.
Y aquí termina la historia de Aparicio, deportado por el gobierno gringo por no tener papeles.
Ya después lo único que queda contar fue su llegada al DF, sus penurias en conseguir trabajo, y su dormitorio en una de las cloacas del Metro San Lázaro.
Me hubiese gustado decir que terminó todo en drama, que cuando llegó a la capital se encontró con un monstruo que lo devoró y que lo convirtió en delincuente. Pero no.
Basta decir que sigue vivo, que a veces pide dinero en las calles del DF para comer, y que piensa regresar al “gabacho”. El hombre dice que a sus 42 años es fuerte, y que tiene deseos de trabajar. Regresará a Papantla por sus documentos personales, para luego preparar su nuevo viaje.
Antes de despedirnos en la esquina de Independencia y Revillagigedo, me aseguró que va por la revancha en Estados Unidos.
Yo si apenas le conté de mi vida. Lo único que le expliqué antes de alejarnos, es que no iba a olvidar su historia, que la escribiría. “A mí tampoco se me olvidan las personas que me ayudan”, dijo y me agradeció el refrigerio. Todo es vanidad, recordé de nuevo a Borges. Aparicio no sabía que yo tenía más hambre de historias.
Por Martín Durán