Esta es la historia de uno de los hombres del cártel de Chicago, que junto con los hermanos Flores inventaron una red de distribución de narcóticos a través de siete estados de la Unión Americana. Kiley Murray fue sólo un eslabón, uno de los 46 acusados en el maxiproceso de Ilinois que incluye a los jefes del cártel de Sinaloa, Joaquín “el Chapo” Guzmán, Ismael “el Mayo” Zambada y sus hijos Alfredo y Vicente, respectivamente, este último a punto de enfrentar su destino en el juicio próximo del 23 de mayo.
Uno
Kiley Murray era padre de cuatro hijos y el hombre al que el Tío Sam dejó morir tras arrancarle 8.65 millones de dólares en un juicio. Fue asesinado, más que como un gran señor de la mafia, como a un pandillero más, una noche de víspera de Navidad en Chicago, en su viejo barrio de Roseland.
Su cuerpo fue recogido de una banqueta escarchada, no muy lejos de su casa, de donde no podía huir porque estaba atrapado en las cadenas del fiscal de distrito.
Hay cientos de comentarios en torno a su muerte, pero aún más son los que hablan de su vida, esa vida que uno intenta recuperar a través del tiempo, de pensar y repensar la historia, los pasos contados, el misterio de una presencia en la memoria.
Kiley Dwayne Murray murió a los 38 años, perforado por dos balas. Era padre e hijo y esposo, así como fue un gran negociador dentro de los bissnes del Anillo de Chicago, por un tiempo comandado por los hermanos Flores, los gemelos Pedro y Margarito Flores, los sujetos que un día decidieron cantar todo ante la DEA y fastidiar la gran red de complicidades que cientos de hombres, gracias al gobierno, habían inventado otra Chicago.
Según los escasos datos, Murray caminaba a las 9 de la noche rumbo a su casa, en Roseland, cuando dos sospechosos a bordo de un vehículo blanco le salieron al paso.
Sólo uno de ellos le apuntó con el arma y le disparó, terminando con años de esplendor, en un momento en que la existencia de Kiley era más que jueces y abogados y fiscales.
La Avenida Sur Calumet fue testigo cuando el forense del Condado de Cook lo declaró muerto.
Murray, según conocidos, ya estaba cansado de estar cansado. Cansado de esconderse, cansado de que sus hijos no jugaran con libertad en aquellas mansiones de Atlanta City, esas que compró de la noche a la mañana y que nadie visitaba, que sólo eran la pantalla perfecta para un tipo misterioso y reservado como Kiley, que le gustaba ayudar a la gente, y que siempre pensaba en el prójimo, como pensaba en su madre y en sus dos hermanas.
Todavía algunas fotografías ilustran lo cercano que era de su madre y sus hermanas, con aquella pinta de jugador de baloncesto o de boxeador peso pesado, nadie le podrá reclamar que no se preocupó por los suyos.
Tan querido fue Murray, Cali para sus allegados, Hollywood para el resto de la tripulación, que el Senado de Ilinois lo lloró. Sí, así como ustedes oyen: Cali fue llorado desde aquel frío salón de sesiones, días después de que su familia fuera a sepultarlo en el Evergreen Cementery, su último condominio ubicado en el 8700 de South Kedzie, en Evergreen Park.
Prueba irrefutable de que Cali no era como los demás. Él se distinguía entre los 44 acusados por la Corte para el Distrito Norte de Ilinois.
Los hombres del poder lo protegieron en sus andanzas, ellos lo desprotegieron en su muerte y también le limpiaron el nombre al final, cuando no quedó de él más que sólo una lápida que nunca podrá hablar de sus glorias ni de sus fracasos. Una pantomima trágica, como las historias en las películas en donde los malos ganan.

Dos
Kiley Murray partió de esta vida un lunes 13 de diciembre de 2010, al menos eso dice la esquela que todavía puede consultarse en la web. Un año antes, justo al día siguiente en que el Departamento de Justicia hacía pública 15 acusaciones federales contra 46 miembros de una red internacional de narcotráfico, había sido detenido en su mansión en Ellenwood, Condado de Henry, en Atlanta.
Fue uno de los primeros en caer en manos de la DEA en agosto del 2009, gracias a que los gemelos Flores, los socios del cártel de Sinaloa en Chicago, se convirtieron en los informantes Número Uno del gobierno.
Un día, a estos mellizos chicanos se les ocurrió ir con los federales en busca de protección, después de que el padre, Margarito Flores, fuera presuntamente encontrado ejecutado en Sinaloa en el interior de un vehículo, en donde alguien dejó un mensaje para ser transportado a los Estados Unidos: “Dile a sus perros que se callen”.
En Sinaloa, como se sabe, en el 2008 dio comienzo una guerra de exterminio entre los grupos criminales que pretendían el control de las mejores rutas, de las plazas, de los más conspicuos funcionarios gubernamentales y dueños de toda la policía.
A don Arturo Beltrán Leyva se le ocurrió que su hermano Alfredo había sido traicionado por Joaquín Guzmán Loera y su socio Ismael Zambada García, y mandó a su brazo armado de aquel entonces, el comando de Los Charritos, a bañar de sangre la ciudad de Culiacán; sangre muchas veces inocente que pagamos caro quienes fuimos víctimas o testigos de la demencia.
¿Pero qué tiene que ver esta guerra lejana para la Ciudad de los Vientos, a miles de kilómetros de la desértica Sinaloa?
Pues todo. Arturo Beltrán, como a todos los aliados del cártel, pidió a los gemelos decidir con quién harían tratos: “O con el Chapo y el Mayo, o conmigo”.
Pero ya habían decidido: se entregarían a la DEA. Y de paso entregarían las evidencias y testimoniales para fincarles cargos a todos los líderes del narcotráfico en el norte de México como para ya no volver a oler la libertad en la calle, en caso de ser capturados.
Fue así como el 21 de agosto del 2009 los fiscales aplaudieron las 46 órdenes de aprehensión que el Juez obsequió para que la cancillería solicitara a su vecino del sur la detención de estos varones de la droga.
Ya Vicente Zambada Niebla estaba detenido en el penal del Altiplano, sólo era cuestión de trámites para sentarlo a la siniestra del juez Rubén Castillo.
En cambio, Cali llevaba un juicio aparte, ante el juez Robert Dow, ante quien fue presentado justo después de haber sido capturado por los federales en su mansión de lujo.
Tres
Yo soy Kiley Murray, hijo de Darrell Murray y de Robin Butler. Nací el 8 de mayo de 1972 en esta misma ciudad que me vio morir, cuando la vieja mafia italoamericana se retiraba a mejor vida, y una nueva estirpe de hombres se levantaba en el horizonte.
Pero todavía faltaría mucho para que alguien reparara en mí, en mi existencia de hombre negro, emancipado para siempre de las cadenas del odio y del racismo.
Faltaba mucho para que los cárteles mexicanos canceraran la parte más podrida del sistema corrupto de este gran país, inoculado contra la sinceridad de Dios.
Entré muy joven a la comunidad bautista de Friendship Missionary Baptist Church, y fue el reverendo Stroy Freeman el que me aventó a las aguas bautismales, y más tarde había abrazado junto con el Pastor Jonh Hanna la Iglesia del Pacto de la Nueva Vida.
Ahí hallé consuelo a mi testaruda vida de hombre de negocios, abismado de repente por el contrabando, por la distribución de los paquetes que mis ex socios, los hermanos Flores, me hacían llegar desde el trampolín mexicano.
Mientras iba entrando al mundo de las drogas, mis hijos iban naciendo. Ahora sé que Kyla, K’la, Kiley Jr, Lauren, Jonathon, Kilen y Mck’la se merecían mejor padre. Lo sé porque ahora estoy en este cementerio de la avenida South Kedzie, arrojado al apetito de los gusanos. Y aunque mi tumba sea la más dorada, a mí me depara este camino que nunca será de orquídeas ni de rosas.

Cuatro
En un blog
Murray fue un gran hombre.
“Yo lo conocí personalmente 12 años atrás. Lo vi crecer en el mundo de las drogas. Él era un hombre de negocios muy bueno, pero se equivocaba en la elección de los llamados amigos. A muchos de sus socios no le gustaba, porque era de Hollywood …. Pero él era un hombre de familia, un padre y un hijo de un hermano y un nieto. Su familia se lamentará por mucho tiempo luego de este homicidio. Y para aquellos que creen saber lo que no saben, la vida de Murray fue un éxito. Todo lo que importa es dónde está. Él tiene una madre y una abuela rezando la oración que no salvó. Jesús creó Kiley, y Kiley pertenecía a él. Nadie conoce el corazón del hombre mejor que nuestro creador. Kiley conocía a Dios y ha sido recibido de nuevo a Dios. Piensen en eso.”
***
“Kiley Murray fue el mejor que jamás lo hizo en Chicago sin la necesidad de pasar a la historia. Es tan lamentable cómo la gente mira desde el exterior y juzga a una persona. Era un genio, era creativo y inteligente. He poner una buena pelea, porque la confianza y, créame, su color negro viene del lado sur de Chicago. Hizo a más de un médico, abogado, y a nuestro presidente Obama. Por lo tanto la gente necesita encontrar una manera de hacer este trabajo. Amor por siempre a los amigos y odio a los enemigos.”
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“Kiley era una persona fría. Que su alma descanse en paz. Mis oraciones están con su familia durante este tiempo difícil. Me he encontrado con tantos blogs desagradables sobre él, y es una vergüenza que la gente no tenga respeto por los muertos y la familia y los amigos que dejan atrás.
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“Kiley estaba cansado. Él siempre me decía que estaba enfermo y cansado de estar enfermo y cansado. Él era una persona que quería ser exceptuado de quien era y no de lo que tenía. Sólo necesitaba que alguien le escuche y mire pasar las cosas materiales. Sí, él tenía un gran corazón. Sí, él amaba a su familia y sus hijos. Ninguno de nosotros sabe cuándo es el tiempo para ir.”
***
“Yo he esperado ahora por cuatro meses para poner mi opinión sobre la muerte de Kiley. Te diré esto cuando por primera vez vi a Kiley era cuando tenía 19 años de edad. Ahora tengo 40 años, y nunca he estado tan sorprendido de cómo este hombre ha cambiado tantas vidas. Era un hombre misterioso y si lo sabía como lo hice yo sabría de dónde vengo. Él tenía un corazón muy grande, pero que tuvo que buscar ese lugar en su corazón. Hablé muchas veces con Kiley acerca de Jesús, hablamos acerca de la Biblia, de las mejores cosas de la vida, como el amor, la paz, el cristianismo, y mucho más. Él me dio un nombre que voy a llevar para siempre y voy a cuidar ese nombre. También quiero decir que realmente amaba al Señor. Descanse en paz mi querido amigo, ya sabes quién soy; gracias por los muchos años de amistad.
Cinco
Una mañana de miércoles, los federales rodearon las casas y penetraron la fortaleza de Murray. Entonces había sido señalado de ser uno de los mejores clientes del cártel de Chicago, pero él desde años atrás se había venido a vivir a esta parte de Atlanta, en busca de tranquilidad y espacio para los negocios
A los vecinos les causó sorpresa, al igual que al aprensa local que no dejaron de decir que Kiley había comprado dos casas, una al lado de otra, que incluían seis dormitorios para niños, una casita de ladrillos con seis baños que tenían una valía de 769 mil dólares, según los registro de propiedad del Condado de Henry.
La otra casa era de tres dormitorios con un valor de 93 mil dólares, y para separar ambas propiedades del resto del mundo había levantado una cerca, con una gran puerta y una cabina telefónica a la entrada, con un patio que tenía el lujo de dar a un bosque.
Ese hogar fue llenado de autos de lujo. Cuando los federales tomaron por asalto el lugar, hallaron Porsches, Maserati, Ferrari, Mercedes, que a veces los vecinos observaban entrar y salir de madrugada.
Aquel día reventó la maraña. Kiley tenía 37 años cumplidos y era acusado de ser parte del anillo más importante de tráfico de cocaína desde la lejana Sudamérica.
La DEA dijo que toda la red había obtenido mil 800 millones de dólares en la venta de drogas. Por eso la policía allanó su casa camino de Scarborough en el Condado de Henry.
“Yo sabía que algo no estaba bien, porque él parecía tener más dinero que Dios y que nunca funcionó”, le dijo entonces una vecina a un reportero que llegó a tomar el reporte.
Todo le arrancaron los federales a Murray y a su familia. No les bastó rodear las casas con 20 vehículos de la policía; se trajeron a un camión que dejaron en la calzada y cargaron con todos los muebles, computadores y archivadores. Todo. Nadie dijo nada, más tarde, de los autos de lujo.
Fue entonces cuando los vecinos se dieron cuenta que ya andaban detrás de Murray, a quien siempre consideraron una estrella de la NBA, por su porte y por los excesivos lujos con los que se rodeaba; lujo que se llenaba de limo y polvo en esta comarca tranquila.
Se supo porque había veces en que sujetos sospechosos revisaban la basura que salía de la mansión, que revisaban todo de manera sigilosa. Los de adentro no lo observaban porque si bien no estaban ahí, o si estaban no echaban un ojo a la calle.
“Ellos nunca salieron. La gente vino a hacer su jardín, su piscina, todo. Ni siquiera sé si revisaba su propio correo”, dijo una mujer, quien refirió también que nunca vio a los niños salir a jugar.

Seis
Los Estados Unidos fue contra Murray y sus socios; sobre unos más que otros, que ya están muertos, en prisión o siguen en libertad.
A Kiley le quitaron siete propiedades después de declararse culpable de los cargos, para saldar la deuda con el gobierno por haberles hecho un favor de que no fueran ellos los que no se ensuciaron las manos para traficar cocaína.
Una a una, las propiedades fueron requisadas.
La que estaba ubicada en el 428 de Scarborough Road, Ellenwood, Georgia; la de S. Peoria, Chicago; la de la Avenida Hoyne, Chicago, la de W. 111 th Street, Chicago; la de S. Calument, Chicago; otra en S. Green, Chicago y la de S. Green, Chicago.
Prácticamente, el Tío Sam dejó en la calle a Kiley, que no se dejó amilanar y se mudó con su madre a Roseland, el barrio querido y extrañado de toda la vida.
Y ahí, en esas calles, una sórdida noche de diciembre fue exonerado para siempre de esta vida por dos balas. De su muerte se dijeron muchas cosas, desde que fue la venganza del cártel de Sinaloa y sus líderes por haber hablado ante el fiscal sobre la organización, hasta que los mismos gemelos lo habían mandado silenciar.
Lo cierto es que al poco tiempo el Senado de Ilinios le rindió tributo. Todavía puede consultarse en los archivos el considerando que señala que:
“El Senado de Ilinois se entristece al enterarse de la muerte de Kiley Dwayne Murray, quien falleció el 13 de diciembre del 2010”
“Kiley Murray era bien conocido como un padre dedicado con sus hijos, y en busca de más oportunidades para él y su familia, se mudó un tiempo parcial a Atlanta, Georgia, a pesar de su amor por Chicago; mientras que vivió en Atlanta, su amor y pasión por los automóviles y motocicletas creció y los disfrutó tanto…”
Y concluye:
“EL SENADO DE LA ASAMBLEA GENERAL DE NOVENTA DE SESIONES, RESUELVE:
“Asamblea del Estado de Illinois. Que llorar junto con su familia y amigos, el paso de Kiley Dwayne Murray por esta vida.”
El gobierno y los políticos lo crearon, y ellos mismos lo limpiaron.
Lo último que hizo la asamblea fue enviar una copia de las lágrimas a los familiares, vía fax, para que Murray tuviera su descanso final en aquel parquecito de acacias y hojarasca.
Martín Durán/La Pared