Historia de dos en una banca. Cuento

 –¿Por qué estás tan triste?

  –Porque nada tiene sentido, el cansancio, la existencia.

  –Vamos a robar frutos al huerto, a ser niños otra vez.

  –Estoy fatigada, la ciudad me abruma, quiero volver a sentir.

  Estábamos sentados, contemplando la tarde. Ella volteaba a ver los pájaros, los niños que jugaban en la fuente, el gris-azul-naranja del crepúsculo.

   –Vamos a cazar un horizonte, a coger peces con la mano…

   Vimos los monumentos, la danza del viento sobre los árboles, los edificios oxidados y envejecidos. Veíamos la vida transcurrir, solitaria y absurda, desde la banca, el pesaroso tráfago por la avenida. Junto a ella, me sentía lejos de su cuerpo, de sus pensamientos, ¿en qué pensaba? Tal vez mañana tenía que regresar a las mismas ocupaciones y perderse nuevamente en la asfixiante rutina. Sonreíamos sin entusiasmo, con la fatiga de los días y los amaneceres. No nos queríamos en verdad. Apenas si nos mirábamos, apenas si nuestras manos se rozaban, y cada sensación permanecía encarcelada en los sentidos. Éramos unos completos extraños, a pesar de los años, imaginando un incierto diálogo en la banca de un parque. Con el rabillo del ojo notaba su desolada expresión de abulia.

   Mucho rato permanecimos indiferentes uno al otro, a los momentos compartidos, a las horas; ella callaba inventando el tedio y la incertidumbre para mí. Para nosotros ya no había un ahora y un después, sólo un silencio incómodo que ardía sin esperanza, consumiéndose en aquello que nos alejaba, palabras-estalactitas en una caverna fría y destemplada.

   ¿Me tocaba a mí buscar recuerdos?

   –Recuerdas aquella tarde de lluvia, cuando te cansaste de caminar y tu cuerpo se sujetó a mi cuerpo en busca de refugio.

   Evocar momentos, detalles, sitios a donde acudir cuando la nostalgia llama. Le conté que fui ladrón de bancos en Colorado, vendedor  de enciclopedias en New Haven, donde la muerte por primera vez me visitó; le conté que cuando llegué a esta ciudad, dormía en la banca de los parques. Entonces conocí a una triste prostituta que quise y que tal vez me quiso. La amé a destiempo, en hoteles baratos de una hora, desnudándonos uno al otro ayudados por la trama del deseo, cobrándome la ridícula tarifa del s-a-b-e-r escuchar y comprenderla. Hasta que un día me dijo: “Estoy cansada de todo esto, vámonos a vivir cerca del mar”. Pero ella, sentada a mi lado, aburrida y triste, no creía las historias que le contaba. Sabía que yo venía de algún lugar, quizá de uno de los tantos pueblos perdidos en la llanura del sur y que mi infancia transcurrió en las calles de un barrio pobre, en el reino imaginario de los juegos infantiles.

   Al volver a esos lugares, ahora perdidos por la costumbre, recobraba los olores, la realidad cobraba sentido, el mundo recién nacía. Y sin embargo, la mujer a mi lado no conocía esas intimidades. Yo sabía de ella que era triste e ilusionada, que su niñez era un sitio al que no iba a regresar, que soñaba con tener aviones y viajar alrededor del mundo. Lo que ella llamaba sentir era una disposición del espíritu por el vértigo y la alegría. Aún así, permanecíamos distantes en la misma banca, observando cómo anochecía y se iluminaba la ciudad, perdiéndonos el uno al otro, protegidos de tanta vaga esperanza; dos desconocidos que ni siquiera se atrevían a saber sus verdaderos nombres, cualquier nombre.

Por Martín Durán

Mayo 2007

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

* Copy This Password *

* Type Or Paste Password Here *

Share via
Copy link
Powered by Social Snap