¿Cuál es el significado de la liberación del capo que marcó una época y qué significado tiene para la narco cultura en México?
Las instrucciones eran muy precisas sobre la carta de navegación. La orden era que estaba prohibido sobrevolar más allá de las coordenadas que se indicaban. Era el verano de 1984 y el espacio aéreo en la región sur que colinda con Durango del estado de Chihuahua, estaba restringido para los desplazamientos de los pilotos de la Fuerza Aérea.
—No podías volar por Jiménez y Parral rumbo a Durango—dice un oficial de la Fuerza Aérea que se retiró con el grado de general de ala y que en aquellos años, durante la gestión del general Juan Arévalo Gardoqui como secretario de la Defensa Nacional, era oficial en activo. Era un secreto a voces que algo ocultaban las autoridades. Una ocasión un piloto de la secretaría de Agricultura se desvío de su ruta y poco faltó para que lo encarcelaran. A partir de este incidente, en el medio de la aviación comenzó a circular la versión de que había campos de gran extensión, a lo largo y ancho de esta zona de Chihuahua, repletos de sembradíos de mariguana.
Meses después, el 9 de noviembre de aquel año, el nombre de Rafael Caro Quintero se fijó en el imaginario nacional como el “propietario” del rancho El Búfalo que se localizaba en las coordenadas sobre las que se tenía prohibido volar. Ese día se terminó de realizar el registro —que comenzó dos días antes cuando ingresaron judiciales federales, el ejército y un grupo de agentes de la DEA—, que marcó un hito en la historia moderna del tráfico de drogas: eran más de 11 mil toneladas que se decomisaron, el lugar abarcaba 84 hectáreas, se dijo de que ahí trabajaban entre cinco y ocho mil personas, las autoridades hablaron de cuatro mil que fueron liberadas y que se encontraban “contratados” en un régimen de semiesclavitud, como jornaleros.
Fue el primer episodio donde Caro Quintero se posicionó en los medios de comunicación como el arquetipo de un capo de la droga. Alguien con tal poder, que hasta había militares “a su servicio”. Tiempo después, en lo que fue una “revelación” sobre el arraigo del poder paralelo de los jefes de las mafias de la droga en sus zonas de influencia, declararía: “Los campesinos son pura gente noble, como lo soy yo y mis compañeros y el señor Ernesto (Fonseca) y como toda su gente. Somos pura gente que ayudamos a México, o sea que hacemos escuelas, que ponemos clínicas, que metemos luz a los ranchos, agua potable. Lo que no hace el gobierno lo hacemos nosotros. No lo hacemos con ningún fin de obtener algo por eso, ni porque nos tome en cuenta todo el mundo. Nada más porque nos sentimos bien nosotros mismos”.
El segundo episodio vendría meses después, en marzo de 1985, cuando fue encontrado el cuerpo sin vida del agente de la DEA, Enrique Camarena Salazar, infiltrado entre las filas de la organización que entonces encabezaba Ernesto Fonseca Carrillo (don Neto) y Miguel Ángel Félix Gallardo, dos de los capos que continúan presos y que fueron detenidos tiempo después del homicidio. Camarena y el piloto Alfredo Zavala Avelar, según la versión estadounidense, fueron quienes descubrieron en sobrevuelos el rancho El Búfalo, la agencia dio aviso a las autoridades mexicanas y éstas implementaron una operación para el desmantelamiento del sitio. El hecho se convirtió en sentencia de muerte contra ambos, quienes en la primavera de 1985 fueron secuestrados y asesinados, según las autoridades, por órdenes de Caro Quintero.
El tercer momento viene en la huida de Caro Quintero a Costa Rica, después de que se ordena su detención y la presión estadounidense al gobierno mexicano se convierte en un imperativo para su captura. La fuga a Centroamérica la lleva a cabo en compañía de Sara Cossío Martínez, sobrina de Guillermo Cossío Vidaurri, en ese entonces líder del PRI en el Distrito Federal y tiempo después gobernador de Jalisco. La familia de la joven denunció que se trató de un rapto, tiempo después se supo que Rafael y Sara eran novios y el capo hacia costosos regalos a su familia.
La pareja llegó a San José a finales de marzo a bordo de un jet propiedad del clan socio de Caro, los hermanos Javier y Eduardo Cordero Stauffer, uno de ellos convicto por lavado de dinero. A las afueras de la capital tica, la avanzada del capo había comprado una mansión en 800 mil dólares para guarecerse mientras “bajaba la presión”. Al paso de los días, la agencia estadounidense interceptó las llamadas telefónicas de Sarita a su familia, comenzó entonces una operación de búsqueda y captura que los llevó a la residencia. La detención de Caro Quintero ocurrió en abril de 1985, fue traído de Costa Rica a México a donde llegó para ser enviado al reclusorio norte. Ahí dio entrevistas, hizo declaraciones sobre la red de corrupción policiaca sin la que no hubiera podido ser el personaje del narco que era en ese momento, y se convirtió en un histrión donde sus dichos, poses y actitudes, revelaron a una figura con la que el imaginario colectivo se dio vuelo y comenzó a labrar su leyenda.
En la épica cantada de los corridos, Rafael Caro Quintero “fue el catalizador que inició el cambio epistemológico que precipitaría el género a su vertiente de narcocorrido. Explicar en detalle el affaire Caro Quintero-Camarena es basal para tratar de dar sentido al fenómeno del narcocorrido, para entender cómo evolucionó en el tejido mental de la sociedad mexicana esta nueva noción de (anti) heroicidad, pues ahí (…) radica la clave del surgimiento y proliferación del narcocorrido duro, así como su permanencia en el gusto popular”, escribe Juan Carlos Ramírez Pimienta, investigador de la Universidad Estatal de San Diego y autor de “Cantar a los narcos. Voces y versos del narcocorrido”, publicado en 2011.
Caro Quintero, miembro de dos de las familias con más arraigo en el negocio del tráfico de marihuana en la sierra sinaloense de Badiraguato, se convirtió en el modelo popular, dibujado en sus declaraciones a los medios, del “hombre valiente y generoso”, lo que de facto lo convirtió en el modelo del héroe de corridos. Varias composiciones registraron desde entonces lo que Ramírez Pimienta llama “su valentía y generosidad”. Hay un corrido llamado “La captura de Quintero”, donde de una manera especial, se contrastan las acciones de Rafael con la de los políticos “sacadólares”, tan en boga en ese momento y como uno de los orígenes de la crisis económica de mitad de los años 80. “En el contexto de esa época, lo anterior tocaba hondamente las fibras de una población definitivamente mucho más molesta con la clase política a la que responsabiliza por los años de crisis económica del país que con los narcotraficantes en general y mucho menos con Rafael Caro Quintero”. Dice el corrido, interpretado por Los Tigrillos:
A miles han aplaudido
Que se llevan el dinero
Yo repartí mil millones
Y me encuentro prisionero
Dice Ramírez Pimienta que en la historia de Caro Quintero existen un elemento fundamental del corrido fronterizo, “el enfrentamiento del héroe con las autoridades norteamericanas. Al desafiar a los Estados Unidos, Caro Quintero reivindica los atropellos y vejaciones que muchos mexicanos han sufrido a manos de las autoridades norteamericanas. La temática del conflicto intercultural ha signado numerosos corridos a lo largo de los años”.
En otro corrido, citado por Ramírez Pimienta, compuesto por Reynaldo Martínez e interpretado por Los Invasores de Nuevo León, se presenta la síntesis de lo que después vendrían a tener el resto de corridos dedicados a los capos del narco. La composición inicia con la anécdota de cómo fue tomado prisionero en Costa Rica, cuando trataba de evadir a la justicia en Estados Unidos y en México. Más que resaltar su peligrosidad, escribe el autor, se exaltan sus virtudes que lo hacen ser “especial”. De “gallo fino” a “rey de las fieras”, las metáforas en el corrido sirven para imaginar el porte y la destreza felina del capo.
Por matar a un policía
del gobierno americano
robarse una tapatía
hoy se encuentra procesado.
El león es el rey de las fieras
aunque se encuentre enjaulado.
Fosa Común
“La cárcel como estado final punitivo no puede ser el destino de un héroe de corrido como Caro Quintero, es por eso que se presenta como un estado transitorio que no le resta poder”. El dicho del doctor en Letras Ramírez Pimienta, a partir del análisis de este corrido dedicado al capo, pudo resultar profético dos años después de que lo escribió.
La decisión de un tribunal para ordenar la libertad de Caro Quintero la semana pasada, actualizó el relato sobre la importancia del personaje para la narrativa del “poder paralelo” en que está convertido el negocio del tráfico de drogas. El significado de su liberación, entre distintas lecturas desde diferentes ángulos, es que los meandros del sistema de impartición de justicia al final tienen un rescoldo, que puede tardar casi tres décadas en dar con él, y que un reo siempre podrá salvar su condena mediante recursos jurídicos que invalidan todo un juicio. Es una posibilidad que cuesta mucho tiempo y mucho, mucho dinero.
¿Quién se beneficia de su liberación? En primer lugar, los clanes aglutinados alrededor del socio vivo y en libertad más importante de aquella época y con total vigencia hoy en día, Juan Esparragoza Moreno, “el Azul” o “don Juan”, considerado por la DEA como socio en los negocios de lavado de dinero que la familia Caro Elenes, hijos de Rafael Caro Quintero, tiene en Guadalajara y Culiacán. Su liberación, por tiempo y circunstancia, ha reactivado el narcoimaginario colectivo donde ya se dice que ésta parece más una “promesa cumplida”. La pregunta es ¿de quién contra quien?
Juan Veledíaz, para la Silla Rota
Twitter: @velediaz424