Primera de dos partes
Mi hermana me corrió de la casa porque le debía trescientos pesos, dice Marcos, sentado en la banqueta lacerada por el sol del medio día de Culiacán. El hombre apenas permanece consiente, pues sufre las consecuencias de la resaca de la noche anterior.
El vagabundo tiene su mirada está perdida en algún punto del pavimento mientras cuenta cómo su hermana prácticamente lo echó a la calle luego de un pleito familiar por un asunto de dinero, nada del otro mundo. “Yo le eché a perder un celular, pero no fue mi intención. Entonces ella se enojó, me dijo que le diera los trescientos pesos, pero pues yo no los tenía. Por eso me corrió”.
Eso fue ya hace tres años, con la llegada del gobierno del cambio. Pero para él no hubo cambio, o al menos no para bien. Antes era pobre, originario de la Loma de Rodriguera, pero ahora su hogar son las aceras de la Obregón.
Pero no es el único que vive en esta condición. Como él hay cientos que duermen en las calles, bajo los techos de los establecimientos comerciales, bajo los puentes de la ciudad; se les puede ver a todas horas en el centro o en las cercanías pidiendo dinero, comida, cualquier cosa que les pueda servir para pasar un día más.
Pero Marcos se las ha ingeniado todos esos años. Se las arregla para que le den trabajo en el mercado Garmendia cargando o descargando mercancía. No le pagan mucho, o más bien le pagan casi nada. A veces lo suficiente para comprar una pieza de pan o un taco.
“Casi siempre me dan algo, poquito, pero con eso me ayudo. Yo no me emborracho tan seguido como otros, que nomás agarran el dinero y van a comprar tequila o cerveza, yo compro comida mejor”, dice.
Se está tomando una coca-cola que el reportero le compró a cambio de que platicara un rato con él, y lo hace como si fuera la última de esta vida o por lo menos la última en mucho tiempo.
La gente de los establecimientos del mercado lo identifica, saben quién es y no le tienen miedo como a muchos otros de su clase.
“Mi tía me ayuda a veces, me deja quedarme en su casa para bañarme o dormir. Me da ropa y comida de vez en cuando, pero no me recibe cuando llego borracho. Así no, me dice que vuelva mañana, ya que se me pase”.
Su cara ya está arrugada por la dureza y frialdad de las calles. Su sonrisa está incompleta, pues sus dientes han perdido la batalla sin los cuidados y las medicinas necesarias. El hombre, aunque se ve entero, se le nota que tiene dificultades para respirar mientras habla. Alguna enfermedad no detectada seguramente.
Sin esperanza
Para él, como para los otros, no hay ninguna institución que les tienda la mano. En Sinaloa no hay albergues, no hay instituciones, no hay nadie que les tienda la mano. A la mayoría la gente los ve de reojo, con desprecio, como si no pertenecieran a esta vida.
La única institución que recibe a los vagabundos es el Centro de Reinserción Social para Enfermos Mentales sin Hogar, pero reciben únicamente a aquellos que presentan alguna condición siquiátrica para su internamiento.
Y, como el nombre lo indica, los ayudan únicamente luego de que pasan por el tratamiento correspondiente para reintegrarlos al sistema social. No hay legislación en la mayoría de los países del mundo, entre ellos México, que proteja a estas personas.
Aunque tienen los mismos derechos humanos que todos, algunos son golpeados y humillados por los agentes de la Policía Municipal de Culiacán cuando son encontrados haciendo cosas indebidas en las calles. Nadie los defiende.
Marcos dice que a él sólo lo han golpeado una vez, pero que varios han estado cerca de morir de las golpizas que han recibido.
Pero las calles son su único hogar ahora. Algunos han dejado sus casas por decisión propia, otros han sido expulsados, pero todos viven bajo la misma ley: cada hombre ve por sí mismo.
La otra historia
Pero Marcos no estaba solo cuando su hermana lo echó a la calle. Con él vivían su esposa y su pequeña niña, que ahora va ya a la primaria. Ella no lo conoce, pero él lucha por llegar hasta ella.
“Mi niña tiene que saber que existo, que estoy vivo, aunque sea en la calle. Ya debe ir a la escuela, ya está grandecita, pero pues no me dejan ir a buscarla”, lamenta.
La esposa lo engañaba con otro hombre, con quien actualmente vive. Pero ni siquiera ella ha visto por él, aunque tengan una niña. Todos lo han abandonado debido al pleito por el celular roto. De su familia sólo su tía lo atiende de vez en cuando.
En las calles se junta con otros vagabundos para dormir, pues nunca se sabe qué pueda pasar o quién pueda agredirlos. Entre ellos a veces se cuidan, a veces se matan, a veces se huyen. Pero hay que sobrevivir un día más. Hay que buscar el sustento y ganarle a la ciudad.
Elier Lizárraga/La Pared