Estas son las historias de un personaje que conocí en la cárcel, una vez que fui a visitar a un familiar recluido, hace algunos años. Más tarde lo encontré en la calle ya libre de culpa, cuando yo trabajaba de reportero del periódico La I. Me ubicó enseguida, caminando por la Ley Rubí del Centro, una mañana de invierno. “Vengo bajando de Cosalá y traigo un kilo de mota que quiero vender, ¿no sabes a quién le podría interesar?”, me soltó. Pues no. El caso es que a través del tiempo, lo he visto en diferentes ocasiones. Ahora quiero “cronicar” aquellas historias que me cuenta, acaso porque sean parte del entramado de este Sinaloa perdurable.
El encuentro
El hombre había envejecido de los dientes y de la cara. Las manos todavía las cargaba correosas. Poseían la misma vitalidad para volver a matar a un hombre, pero ya estaban en reposo, más dedicadas a las labores agrícolas y a revolver la mezcla y pegar ladrillos, que a derramar la sangre del prójimo.
Me dijo que había conseguido trabajo en las obras allá por la colonia El Barrio, en unos fraccionamientos que estaban surgiendo como hongos al oriente de la ciudad, y que la cal y el cemento le volvían más espesas las palmas de las manos y los dedos.
Por las noches, para que no se le descarapelaran, las metía en agua caliente. Así las templaba, así las dejaba aliviadas, lejos de la tentación de jalarle al gatillo.
-Esa vida nunca fue para mí, pero si tengo que volver a matar lo haré –me dijo en una ocasión.
Unos días antes de volverlo a ver, le telefoneé para pedirle que me contara de unos ex reos del penal de Aguaruto, cuyas historias andaba rastreando para escribirlas.
Tenía años que no sabía de Juan Sinmiedo (así lo llamaré), por lo que conseguir su celular fue difícil, pero tuvo que ver más la suerte callejera que a veces me traigo. Nos quedamos de ver en la plazuela Álvaro Obregón una mañana de domingo.
-Ahí te veo… te voy a colgar porque estoy trabajando –me dijo.
Ese domingo, como de costumbre compré el periódico del día, y me fui a sentar a una banca de la plazuela a hojearlo y entretenerme con los muertos de la semana. Hacía frío a pesar de que ya casi era mediodía.
Nada más escuche su voz que soltó un “buenos días” reseco. Alcé la vista y me encontré con un hombre de apariencia desvalida, viejito, sin la barba de chivo que antes usaba, y que lo hacía verse como el mismo diablo, con el rostro de indio bragado, la mata de pelo rebelde.
Era más chaparro de lo que recordaba, o tal vez el paso de los años le habían robado algunos centímetros, o tal vez yo había crecido un poco, lo cual más bien era imposible.
El caso es que esa mañana de frío traía puesta una camisa amarilla, copia de la marca Versache, y unas botas muy viejas, deslustradas y tristes, tan tristes que daban lástima nomás verlo caminar, como un vaquero extraviado en la ciudad. En el pecho lucía un escapulario de Malverde.
Como que se acababa de bañar para venir a la cita, porque despedía un aroma a jabón lirio, y tiritaba.
-Vamos a tomar un café… o si prefieres un refresco.
Nos adelantamos a Los Portales. El frío nos hizo beber un excesivo café, pero a la vez nos permitió abrir la boca de más durante las horas que estuvimos conversando.
Me contó que tenía pocas semanas que bajó de la sierra de Tamazula, en donde estuvo un par de meses trabajando en la cosecha de mariguana. En febrero regresaría a la recolección de la goma de opio.
-Estoy esperando que el patrón me llame. Por mientras ahí ando en las obras, necesito sacar un peso.
Supe que estaba viviendo por el rumbo del fraccionamiento Villa Bonita, y que al menos una vez al mes le iban y le arrojaban cerca a un cristiano asesinado.
-Ya van tres que me tiran ahí cerca, el primero fue un notario de Las Quintas y el segundo un chavalo al que habían levantado.
Se enteró por los periódicos que uno era notario. Al último que mataron a la vuelta de su casa, él mismo tuvo que hablar al 066 de una caseta para que fueran a recogerlo.
-Era un chamaco que iba a su trabajo, nada más escuché los disparos y dije “ya se chingaron a otro”.
A este lo vio cuando fue a tomar el camión que lo lleva a las obras. Quedó sobre la banqueta, bajo un lago de sangre.
Juan Sinmiedo ya no mata. Ahora trabaja para ganarle el paso a la necesidad, sacar a pasear a su mujer –la misma que conoció en la cárcel- y pagar la renta de la casa donde vive.
Estuvo diez años preso por homicidio. De los jales que se pudo haber aventado, nada más le cayó sentencia por un cristiano al que degolló por una malquerencia.
En su memoria todavía lleva marcada como hierro candente la fecha del homicidio que cometió, acaso que ya nadie recuerda porque ocurrió a mediados de los 90. Quizá la familia del muertito sí lo tenga presente, hasta le debe de llevar flores al panteón y hacerle su misa cada año.
Pero Juan Sinmiedo todo lo recuerda, horas, detalles, palabras, sensaciones, como si esa historia esperara a que alguien la escribiera algún día, pero esta vez no vine a narrarles de su malasuerte, sino del transcurrir de la vida y la muerte dentro del penal de Aguaruto, en cuyo interior hay murmullos que no se cuentan, pero Sinmiedo las revela… (Continuará)
Martín Durán