(Crónica urbana)
En la rockola del Safari, algún obseso puso la canción El Número Uno unas quince veces esta tarde de llovizna en Culiacán. Desde mi sitio, escucho una y otra vez el acordeón-rugido de Los Tigres del Norte y la voz nítida, cabrona:
“Yo no maté a Camarena, les dijo el Número Uno, Rafael Caro Quintero; fue un traficante sin nombre, ejecutor de los narcos, que andan en nuestros terrenos…”
Desde que salió libre, don Rafa o don Caro (como quieren llamarle algunos respetables narquillos o aspirantes a narquillos) anda por ahí a salto de mata escondiéndose de los gringos que vienen con toda la marina mexicana encima.
Los gringos no suelen olvidar, tratándose de la muerte de uno de los suyos, un agente de la DEA que se metió donde no debía. O donde era su obligación como agente del orden, pero no la forma en que lo hizo. Maquiavelo revisitado, pagado con Maquiavelo. El traidor traicionado.
Más que el tipejo que canta a voz en cuello “muchos agentes traidores, que se decían mis amigos, van a empezar a morirse”, me interesa más el proceso de cómo Caro Quintero, el olvidado capo de las celdas jaliscienses, recuperó toda su dignidad de ser el Narco de Narcos, el Número Uno, cuando muchos lo hacían más cerca de la tumba que de la cúpula criminal mexicana.
La figura del Patrón se revindicó asombrosamente y reunió en torno a él el vasallaje antiguo: el Chapo Guzmán (dicen allá en Badiraguato) lo buscó para presentar sus respetos; lo mismo Ismael “el Mayo” Zambada y otros capos menores, como Fausto Isidro Meza Flores. Volvió a erigirse el Ubicuo, el Señor.
En la sierra badiraguantense no podían existir dos señores. Y he aquí cuando la imagen de Caro se ha convertido, después de la recaptura de Arquivaldo Guzmán Loera, en el verdadero Señor, con su feudo sembrado de amapola y cannabis, con sus caminos protegidos en la montaña, fortaleza impenetrable, inescrutable, reino de los hombres vedado al Estado, a las leyes establecidas. ¿Y para qué? Si del Capo emanan las leyes necesarias para salvaguardar la santa paz -frágil- de las montañas.
En prisión, Caro Quintero era sólo una leyenda, una sombra, una historia que habría que contar desde el increíble descubrimiento del rancho El Búfalo en Chihuahua, que empleada a miles de jornaleros, y era protegido por militares, hasta su arrojado momento de cargar consigo, en su huida del país hacia Costa Rica, a la mujer amada, Sara Cosío.
Todo está ahí, en las crónicas, en libros y series, con el dramatismo que merece la muerte de Kiki Camarena, el hombre que le dijo a Rafael que era su amigo, pero en realidad era el infiltrado de los gringos.
De pronto, la apoteósica salida de prisión hizo poner su historia en el plano de la “realidad”. La leyenda no sólo vive sino camina y sigue jodiendo, ya no es una sombra, es un potente miembro capaz de arrodillar al gobierno mexicano ante el Gringo.
Una leyenda que se burla de un Estado, al que le dice que ya pagó lo que debía en misivas hechas llegar a la Presidencia y a la Secretaría de Gobernación, e instala sus reales en sus lugares de antaño, sin posibilidad de ser encontrado en breve. En Guadalajara florece una creciente industria inmobiliaria y comercial, y en Sinaloa las tierras que sus testaferros guardan aumentan de plusvalía.
No es un hombre derrotado, nunca lo fue. Por 28 años, el Capo peleó, luchó, y ganó, con la dignidad de un viejo mafioso que vio su pelo negro crespo volverse blanco, que nunca habló, que no se vendió al gobierno ni vendió a los suyos.
En el mundo del narco, esa es la mejor moneda que representa a un mafioso: te doy lo que quieras, soy lo que quieras, menos un lenguón, una rata que se arrastra para suplicar. Y ese es el mejor baluarte, la bandera que hoy representa y ante la que los vasallos se rinden: el Señor Caro, que ya no ve para tras, puro pa’ delante, el número Uno.
Curioso, ni antes ni después de Caro nadie más ha alcanzado esa categoría de numeridad primordial: el Uno. Si Arturo Beltrán Leyva fue el “Jefe de Jefes”, Caro sigue siendo ese Uno indivisible y concreto. Los demás pueden ostentar el título de ser los jefes del cártel, pero nunca disputarle a Caro ser el Uno.
Cuando llegó a Badiraguato tras su salida, fue saludado con entusiasmo por sus coterráneos, aunque oficialmente el gobierno haya dicho que nunca regresó al terruño. Y los suyos, como la regla lo indica, no lo han entregado. Dicen que no está, que desapareció.
En marzo pasado en que los oficiales de la marina mexicana irrumpieron con más de 20 helicópteros en los pueblos de El Barrio de Guanajuato, La Noria y Babunica, los marinos detuvieron y torturaron al comisario ejidal de La Noria, a la sazón primo del Capo.
Lo golpearon hasta el cansancio, fue asfixiado por una bolsa como método de expulsión de la verdad. Y la verdad, esa desgarrada tautología de “él es el Patrón y nadie más” salió entre los labios retorcidos del comisario: “Es cierto que él vino, pero saludó y se fue. Aquí todos somos parientes por llevar el apellido Caro”.
Algo debieron descubrir los infantes de marina que hollaron con sus botas el suelo de la sierra badiraguatense: nadie del pueblo entregaría a Caro Quintero. El Señor tiene ganado el cielo de la montaña porque siempre supo ayudar a su gente.
Y esta tarde en el Safari lo compruebo: la retórica de Los Tigres del Norte en la voz del borracho que una y otra vez le dedica las coplas al Uno. A nadie le molesta que suene la misma canción en la rockola. A esta hora en que la lluvia arrecia, es mejor disfrutar de los efluvios del alcohol y el barullo de la parranda, para alzar la TKT fría y celebrar los mitos, la ficción de estas calles y la distorsión de las ideas vanas.
Por Martín Durán