Hoy se cumplen ocho años de aquel 2 de abril del 2005 en que Alfredo fue visto por última vez. La trama de su desaparición, a pesar de los oídos sordos del gobierno estatal y federal, no ha concluido. En Empalme hay una familia que espera: “No hemos perdido la fe”, dice su madre, que todos los días se sienta a recordarlo en aquella casa en la que nació y creció su hijo, un joven terco que quiso desnudar el sórdido maridaje entre autoridad y narcotráfico, y que hoy es extrañado.
Empalme, Son.- Alfredo Jiménez Mota se despidió de su madre un jueves muy temprano en la terminal de autobuses del pueblo. Le prometió regresar en unos días para volver a probar los huevos con salchicha que tanto le gustaban, pero ese 31 de marzo del 2005 sería la última vez que lo vería.
Ocho años después, la madre del periodista sigue a la espera de noticias de su hijo, el reportero de 25 años que en poco tiempo se había forjado una carrera meteórica dentro del periodismo de narcotráfico.
En diciembre pasado, José Alfredo Jiménez, padre del periodista, vio por casualidad en un periódico de la frontera la nota del hallazgo de cinco cuerpos en las aguas residuales de Santa Cruz, cerca de Nogales.
El instinto le dijo que su hijo Alfredo podría estar entre las osamentas roídas de aquel desagüe, por eso no dudó en llamar a los agentes de la SEIDO para que hicieran las pruebas pertinentes.
Vinieron a Empalme y les hicieron las pruebas para extraer su ADN, que permita una posible identificación, pero la PGR, como siempre, sigue guardando silencio.
“Todavía nos queda la esperanza, mi esposo les habla a los de la SEIDO, pero no encuentran nada, como ellos dicen”, comenta Esperanza Mota.
En su nombre Esperanza lleva la premisa de permanecer de pie, de no dejar la búsqueda junto con su marido, de seguir tocando puertas aunque éstas no se abran, porque acaso la fe y la esperanza mueren al último… y ellos están vivos, sintiendo el peso de la ausencia de Alfredo.
Dos
-Mamá, mañana compras el periódico para que se te caigan los calzones del susto –le telefoneaba Alfredo, divertido, desde Hermosillo cada que iba a publicar una nota sobre violencia o narcotráfico.
-No haces caso, Alfredo, ya te he dicho que no lo hagas…
-Si me matan ni modo, tú nomás échame la bendición.
“Era su orgullo salir en la primera plana”, recuerda Esperanza hoy que se cumplen 8 años de la desaparición de su hijo.
Alfredo no entendía que esas notas eran riesgosas, aunque parecía no importarle. Su empeño era exhibir a los delincuentes y publicar lo que otros no se atrevían.
Lo hizo en el periódico El Imparcial y en El Debate, su último empleo en Culiacán, después de pasar por las redacciones de El Sol de Sinaloa, cuando cursaba la Universidad de Occidente, y de Noroeste, en donde hizo sus primeras letras en la nota roja.
Esperanza nunca pensó que aquel adolescente que sacaba malas calificaciones en la preparatoria, que se distraía entrenando al box, su pasión juvenil, o peleando con sus compañeros de escuela, se convertiría en un reportero dedicado, sumergido en los temas del narco.
“Yo y mi esposo hemos llegado a pensar a veces que en el fondo Alfredo le tenía admiración a esa gente, que por eso quería escribir sobre ellos; no sé de dónde le vino el gusto, yo siempre pensé que no iba a estudiar y a hacer una carrera”, dice.
Pero lo hizo. Cuando salió de la preparatoria, recuerda la madre, Alfredo dejó un año de estudiar. Se dedicó a holgazanear, a comer y engordar y a ver televisión, hasta que meses más tarde se consiguió un trabajo en un supermercado de Guaymas.
“Pasó un año y no le vi interés de estudiar, pero cuando comenzaron las inscripciones me dijo “ahora sí, voy a buscar que estudio””, relata doña Esperanza.
El joven de 18 años marchó a Hermosillo, pero ninguna escuela le agradó. “Me dijo que sentía un ambiente pesado, por lo que se fue a Culiacán para ver si estudiaba allá, y a los días me dio la noticia de que iba a estudiar Comunicación”, rememora.
-Hay, Alfredo, cómo vas a estudiar para reportero si ni te gusta escribir, eres bien flojo –lo reprendió tranquilamente.
Pues sí, el muchacho ya había decidido. Y fue tan en serio que dejó a un lado el sueño de ser un boxeador famoso y acaudalado como Julio César Chávez, su ídolo en la adolescencia, para comenzar de reportero de espectáculo y sociales en El Sol de Sinaloa.
Pero lo que en verdad lo apasionó fue el periodismo de nota roja.
Tres
Esta tarde, Esperanza y su esposo José Alfredo decidieron no llorar. Mejor los buenos recuerdos y dejarse arrullar por los silbatos de los trenes a lo lejos; las anécdotas que nos cuentan que su hijo sigue aquí entre nosotros cuando uno lo evoca con alegría.
La casa de los Jiménez Mota está llena de fotografías de Alfredo. Cada una tiene su historia y ellos la relatan vívidamente. Encima del televisor de la sala está la foto de cuando su hijo obtuvo el premio el Payo, otorgado por la Universidad Autónoma de Sinaloa en el 2002. Lo que cuenta no es el galardón sino la imagen de Alfredo con sus amigos sinaloenses.
La otra imagen es de un Alfredo distante, a bordo de una lancha, surcando las aguas del mar de Altata, Navolato.
En la pared también está el rostro de Alfredo cuando fue aceptado como reportero en El Imparcial, y por allá en el librero las imágenes conviven, como estampas necesarias para sortear la soledad, la distancia, la ausencia que duele como la impunidad que campea.
“Esta foto me la mandó un amigo de Alfredo que ya murió, le entró esteoporosis en los huesos, se fue enfermando poco a poco”, refiere Esperanza.
No es difícil ubicar la casa de los Jiménez Mota. Sólo basta mirar la calcomanía descolorida por el tiempo, pegada en la puerta, donde está la exigencia de justicia a las autoridades que decidieron disimular la tragedia… ocho años, pero toda una vida. Desaparecer no basta.
Cuatro
“Alfredo hubiera cumplido este 16 de febrero 33 años”, dice Esperanza.
Tenía 25 años cumplidos cuando fue desaparecido, y casi tres de haber salido de la UdeO. En Culiacán logró impactar a varios con sus reportajes, pero el joven reportero pensaba en conseguir un trabajo que lo llevara más cerca de su terruño.
Un día que vino a visitar a sus padres en Empalme, su amigo Sergio García, entonces director del diario El Vigía del puerto de Guaymas, le ofreció trabajo, pero Alfredo le pareció poco el sueldo.
Fue cuando a Sergio se le ocurrió contactarlo con el director de El Imparcial, en donde estaban solicitando reporteros.
Después de ser entrevistado por los directivos del diario, Alfredo fue aceptado y al poco tiempo de despidió de sus amigos en Culiacán, en donde renunció a El Debate.
El joven Jiménez Mota llegó a finales de octubre de 2004 a Hermosillo, con una maleta llena de sueños y un cuarto tenebroso cerca del bulevar Luis Encinas.
Ahí pasó los últimos meses de su vida. Los días de descanso no dejaba de visitar a sus padres, a hora y media de la capital sonorense.
La primer noticia de impacto que sacó fue en diciembre de 2004. Luego del asesinato de un agente del Ministerio Público federal, Alfredo publicó que Adán Salazar Zamorano, un narco vinculado con el cártel de Juárez, había mandado matar al funcionario por una determinada cantidad de dinero.
Fue tanto el escándalo en el mundillo policiaco, que hasta dos agentes de la AFI acudieron a El Imparcial para interrogarlo.
“Amá, se te van a caer los calzones…”, le decía siempre a Esperanza.
“Yo pienso que Alfredo fue usado por la gente que le daba información”, refiere don José Alfredo. Y concluye: “Fue utilizado conforme a sus intereses”.
Para ilustrar la especulación, su padre usa una metáfora muy recurrida: “Quedó en medio de las patas de los caballos; mi hijo no debió saber cómo estaban las cosas aquí en Sonora, allá en Sinaloa ya conocía como se manejaba todo, pero él venía prácticamente ciego y era de los muchachos que le ganaba la emoción, la adrenalina por publicar algo”.
Cinco
El reportaje de Los Tres Caballeros salió publicado en primera plana en El Imparcial el 17 de enero del 2005.
En las páginas centrales del diario, contó la red de vínculos de los hermanos Beltrán Leyva, en ese tiempo aliados de Joaquín “el Chapo” Guzmán y de Ismael “el Mayo” Zambada.
Dio detalles de ranchos, pistas de aterrizaje y domicilios de los supuestos integrantes del cártel de Sinaloa, que tenían mucho arraigo en Sonora debido a la célula comandada por Raúl Enríquez Parra, jefe de la banda conocida como Los Güeritos.
Alfredo habló de las omisiones de las autoridades, dejaba entrever que si el narco era fuerte en el estado era porque todos lo permitían.
A este reportaje, le siguieron otras notas donde pretendía exhibir a los narcotraficantes.
A fines de febrero, el joven periodista sufrió una persecución a pie cerca de donde vivía en Hermosillo.
“Él quiso verlo como un asalto, pero en el fondo creía que lo vigilaban, que querían levantarlo, porque a los días de que ocurrió esto mi hija y yo fuimos a visitarlo, y en la noche cuando íbamos a salir a cenar Alfredo nos dijo: ‘esperen, deja me asomo a ver si no hay nadie’”, relata Esperanza.
-Ahora a quién se le cayeron los calzones… -le dijo ella.
Nunca, dice, dejó de aconsejarle que no sacara información fuerte en el periódico, pero su hijo, lo sabía, era demasiado terco.
La mañana del 31 de marzo en que lo despidió, Alfredo le habló cuando llegó a Hermosillo para contarle divertido que los huevos y las salchichas del lonche se habían revuelto, y así no lo degustaba mejor.
El sábado 2 de abril en que lo iban a levantar, su padre habló con él por teléfono en la noche.
“Hay cosas que nunca me han cuadrado, a la hora en que dicen que lo levantaron del Soriana, yo hablé con él por teléfono”, cuenta José Alfredo.
Lo cierto es que Alfredo habló con tres personas esa noche: su padre, una compañera del periódico, Shaila Rosagel y un funcionario de la delegación de la PGR.
A Shaila, recuerdo, le prometió salir a pasear en su vehículo de reciente adquisición, pero de última hora un “contacto algo nervioso” le pidió verlo.
“Ese fue el día en que comenzó todo”, dice Esperanza.
“Se han dicho muchas cosas, desde que los que desaparecieron a mi hijo ya están muertos, que lo dejaron en Álamos, en Obregón, que lo quemaron, que lo enterraron, pero a nosotros lo que más nos importa es encontrarlo como sea”, comenta José Alfredo.
Más que especulaciones, los padres quieren certeza, y aunque tras ocho años de desaparecido, ellos siguen en la búsqueda.
Martín Durán/La Pared
QUÉ BUEN REPORTAJE MARTÍN, VALIÓ LA PENA TU VIAJE. FELICIDADES!