Reseña | El otro lado de la ventana | Dos poemarios de A.E. Quintero

Qué eróticos amanecieron los árboles,

las lluvias de anoche

 los hacen ver más altos, más húmedos

AE Quintero

Jorge Luis Mendivil.- Llegar a la poesía de A.E. Quintero (1969), quien se ha convertido, con el paso del tiempo, en una de las voces con más prestigio dentro de la poesía mexicana, es pararse ante un sendero poblado de fulgores y extrañezas. Este poeta sinaloense ha merecido reconocimientos como el Premio Nacional de Poesía Enriqueta Ochoa (1996) con Los postigos del verano; además de que su poemario La telenovela de las cuatro no se detendrá porque alguien logró matarse fue seleccionado como mejor libro en la Feria del Libro Independiente de la AEMI. También ha sido distinguido con el Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes en 2011 con su ya tan elogiada Cuenta regresiva. No obstante, en estas páginas pretendo lograr un acercamiento a dos de sus últimas publicaciones: El pequeño libro de la lluvia (2017) y El muchacho que vivía en unos bóxers blancos (2017).

Desde la primera parte del poemario de lluvias y nostalgias, «Lluvias vistas como dragones», vemos las posibilidades tanto temáticas como estilísticas que ofrece la poesía de Quintero: aquí el poeta hace de la lluvia el cuerpo, tan abrumador en ocasiones como sosegado en otras, de la muerte, la memoria y el recuerdo. Mientras que en la otra mitad del libro, «Lluvias hechas a lápiz», la caída y el transcurrir de la lluvia («la lluvia real, literal») acompañan a los padecimientos del desamor y las inevitables ausencias, ese áspero campo de la poesía del sinaloense donde no hay manera de cubrir las gotas cristalinas de la tristeza y el abandono que «nos empapan los hombros con sus historias».

El incesante goteo de los versos que se desbordan en este (pequeño) libro trae consigo una fuerza simbólica precisa y envolvente: «Pienso que los muertos se convierten en algo/que amaban. Por eso sé que mi abuelo/se convirtió en lluvia». Con estos versos como precedente, sería poco hablar de reminiscencias si hablamos de lluvia, es decir, las lloviznas no traen remembranzas aisladas, arrancadas de ese amplio mosaico que es la memoria, sino que aquí las lluvias se vuelven sitios, una casa «abandonada» donde anidan plantas, piedras y muros: la nostalgia (en su totalidad) se vuelve habitable. Así la lluvia se resemantiza para albergar la imagen siempre dudosa de los ausentes y, de este modo, convertirlos en paisajes, en «reinos de hojas secas» en un mar que golpea incesante, oculto.

Es por eso que «El mejor homenaje/que uno puede hacerle a la lluvia/es mojarse». La manera en la que el ser humano entra al pasado creando vínculos con evocaciones inciertas, con horas lejanas en espacios trasformados por el tiempo; la forma de habitar la esfera donde moran las charlas añejas, las anécdotas de la abuela, la soledad y los trenes (porque hay algo de soledad en todo esto): así es como debemos permitir que nos empapen las aguas que caen en millones de partículas desde lo alto, desde adentro. Trasladarnos hacia el núcleo de la lluvia y, de este modo, caer en cuenta de que lo nostálgico del pasado, sin poder evitarlo, menosprecia el presente.

La corteza de los árboles, según Quintero, «es un retrato hecho a lápiz de la lluvia». El recuerdo del niño que fuimos esperando a patear la pelota; la adolescencia y sus noches de embriaguez, música y baile; el hombre que se lamenta por los amores que pudieron ser y nunca fueron; o la anciana que busca la vida (ya perdida para él) en las sombras de las muertes que aún pesan: esta es la lluvia que se petrifica en nuestra corteza de carne, cuya imagen, a final de cuentas, es el reflejo de nuestra memoria. Por eso el poeta nos dice (nos enseña) que solo somos árboles hechos de lluvias, de recuerdos, y de lo obscuro del recuerdo, lo sabemos, no podemos (con)fiarnos.

Llegados a este punto, parece conveniente ahondar en los placeres y las prohibiciones que inundan el segundo libro. El muchacho que vivía en unos bóxers blancos contiene un conjunto de poemas sostenidos de una vibrante lascivia, de cavilaciones sobre el amor: ¿será el amor cogernos siempre de la misma forma? Y, además, cimentados con imágenes que, aunque recogidas de la cotidianidad, pertenecen a los lugares oscuros y, por ende, ocultos del mundo. Estos cuadros de humedad y desnudez que traza el poeta se sitúan en un plano donde el tacto entre los cuerpos de dos hombres termina por chocar y, a su vez, corromper los prejuicios de la moral. Esta moralidad, dicho sea de paso, siempre indiferente a la cordura.

En el primer conjunto de poemas, titulado «Usuarios de la noche», los muchachos se encuentran en las calles, en las casas, en las ventanas, con su «agua cargada de fantasmas» para entrar en los juegos de la lujuria. La voz poética de Quintero permite vislumbrar el instante en que el pene de un niño de 7 años, al entrar en contacto con las manos de otro muchacho de 11, con las caricias adictivas que ocasiona el caluroso intercambio de miembros al lado de las bardas de ladrillo, se vuelve verga: «Mi pene dejó de ser pene/a los 7 años/y fue verga desde entonces,/y desde entonces/ha soñado manos de otros,/saliva caliente/de otros hombres». El autor, con esa claridad lingüística, lejano a pretender ocultar con incomprensibles metáforas esta sustancia cálida y humeante que contiene su poesía, llama las cosas por su nombre. Pues como sostiene el poeta Luis Aguilar en la contraportada de este libro: «la verga de un muchacho de bóxers blancos solo puede llamarse verga».

En la segunda parte «Muchachas con pasamontañas», el cuerpo de la homosexualidad se vuelve una condena. Una pena que obliga al prisionero a hacer de las madrugadas un refugio hecho de encuentros fugaces con otros «usuarios de la noche» también marginados a las sombras. Se esconden bajo pasamontañas para ocultar sus pensamientos, su forma, al fin, de ser muchachos. Hombres con un miembro (que por la noche se vuelve verga) temblando bajo el pantalón. Es por esto que la masturbación se transforma en el mejor refugio, la «mejor manera de continuar», para esos amantes presos de la incomprensión y la apatía de los otros.

Sin embargo, la desazón que provoca esta serie de textos, los alivia la última parte del poemario «En el estuche de una vieja pistola vive un hombre», donde el arrebato de la lascivia, la búsqueda de aguas en los cuerpos calurosos y las miradas de los amantes, coinciden con versos antitéticos (rítmicamente hablando) a la lucha de los cuerpos por las noches. De esta forma es que el poema se vuelve un lento camino en medio de una ráfaga de imágenes con mujeres palpando y buscando en su cuerpo «antiguas miradas de hombres»; imágenes de muchachos que «se tocan los testículos/como quien encuentra agua escondida bajo el suelo».

Estos dos poemarios, sin duda, sirven como evidencia del estilo peculiar que este poeta aporta a la poesía mexicana. Desde la nostalgia tomando la forma de la lluvia y, después, el cuerpo, el deseo y sus prohibiciones se observa la claridad en el lenguaje y la agudeza descriptiva para la construcción de imágenes que el sinaloense ha conseguido desarrollar y establecer como un distintivo de su obra. Es por esto (y por otros atributos que aquí se me escapan) que, como diría Luis Aguilar, A.E. Quintero es uno de los poetas mexicanos más leídos de su generación.

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