Columna Institucional de La Pared
Por momentos, gobernar Culiacán parece un ejercicio de resistencia más que de administración. No solo por el tamaño del municipio o por sus rezagos históricos, sino por el contexto político y de seguridad que ha marcado a la capital sinaloense en los últimos años. En ese escenario, que el alcalde Juan de Dios Gámez Mendívil se mantenga entre los ediles de capitales mejor evaluados del país no es un dato menor, aunque tampoco uno que deba leerse sin matices.
La más reciente medición de Mitofsky, correspondiente a diciembre de 2025, coloca a Gámez en el lugar 11 de 31 alcaldes de capitales, con un 52.5 por ciento de aprobación ciudadana. La cifra es modesta si se compara con los punteros del ranking, pero relevante si se considera que su margen de aprobación no solo se mantiene, sino que registra una ligera mejoría respecto a la medición de octubre. En política local, la estabilidad también es una forma de respaldo.
Gámez Mendívil gobierna por segunda ocasión consecutiva Culiacán, tras haber ganado la elección de 2024 con poco más de 202 mil votos, una cifra histórica incluso con una base electoral reducida por la municipalización de Eldorado. Ese triunfo lo colocó como uno de los cuadros más sólidos de Morena en Sinaloa, pero también elevó las expectativas sobre su desempeño en un segundo mandato, donde ya no hay margen para la curva de aprendizaje.
Su administración ha apostado por una narrativa clara: obra pública, servicios básicos y fortalecimiento institucional. La promesa de pavimentar mil calles, de la cual se reportan poco más de 200 concluidas y decenas más en puerta, se ha convertido en el eje visible de su gestión. No es una política sofisticada, pero sí una que impacta directamente en la vida cotidiana de colonias históricamente olvidadas, y eso suele reflejarse en las encuestas.
En materia de seguridad, el discurso es más delicado. El anuncio de la contratación de 400 nuevos policías y la instalación de sistemas de videovigilancia con botones de auxilio apunta a una estrategia de fortalecimiento municipal, aunque el verdadero reto sigue siendo la coordinación interinstitucional en una ciudad donde la violencia organizada no es un fenómeno periférico, sino estructural. Ahí, cualquier avance es insuficiente a los ojos de una ciudadanía cansada.
Otro punto que ha comenzado a pesar en la evaluación pública es la infraestructura hídrica. La construcción de tres plantas potabilizadoras —una al sur, otra al norte y una más en la zona rural de El Salado— representa una inversión histórica cercana a los 190 millones de pesos y atiende una de las demandas más sensibles de la capital: el acceso al agua potable. Si se entregan en tiempo y forma, podrían convertirse en uno de los legados más sólidos de su administración.
Sin embargo, la aprobación del 52.5 por ciento también revela un techo. La mitad de la población no evalúa positivamente al gobierno municipal, lo que sugiere que la obra pública y los anuncios, por sí solos, no bastan para construir consenso en una ciudad marcada por desigualdad, desplazamiento interno y desconfianza institucional.
Juan de Dios Gámez no gobierna una ciudad cómoda ni políticamente dócil. Su principal mérito hasta ahora ha sido sostenerse en medio de un entorno adverso. Su mayor desafío, de cara a los próximos dos años, será transformar esa estabilidad en liderazgo, y pasar de administrar problemas a resolverlos de fondo. Porque en Culiacán, resistir no siempre es suficiente.